sábado, 6 de diciembre de 2014

Despedirse

Voy a pasar algunas semanas de diciembre y enero en Holanda. Trabajar, ver a la familia holandesa y los amigos allí, ir a mis bares favoritos, jugar fútbol, hacer música y, quién sabe, patinar si esta vez el invierno toma en serio su tarea de congelar los canales. Entonces, casi ha llegado el momento de decir ‘adiós’ a España y’ hola’ a Holanda.

Pero he notado que aquí en El Bierzo casi nadie dice ‘hola’ o ‘adiós’. Si encuentras a un conocido en la calle, se dice ’hasta luego’. Yo me quedo con el ‘hola’, que aprendí en los clases castellano donde también me enseñaban que ‘hasta luego’ es para despedirse. O será que el ‘hasta luego’ quiere decir algo como ‘hola, no tengo tiempo para ninguna conservación, pues, hasta luego.’ La palabra ‘luego’ parece en todo caso afuera de lugar, porque a veces se trata de gente que no has visto en meses y que probablemente no vas a encontrar luego. Casi el mismo desarrollo tenía la palabra ahora, que, utilizado en expresiones como: 'hasta ahora', 'lo hago ahora', o 'ahora vengo', casi nunca tiene algo que ver con la significación original: en este momento mismo.

También la palabra adiós parece lentamente extinguirse, por ser sustituida por '¡ciao!', o el doble '¡ciao ciao!' En esta novedad participo entusiasmado, quizás porque el 'ciao ciao' parece un poco al doedoei (duduy) que utilizamos tanto en Holanda. La vieja generación española tiene a veces problemas con esta novedad de utilizar una despedida italiano. Hay ciertos miembros de mi familia española (no menciono nombres) que siempre me corrigen: ‘En España no decimos 'ciao ciao', decimos 'adiós'.’ No me extrañaría si pensaran que era yo quién introdujo esta nueva costumbre, igual que las verduras sofritas y las patatas fritas con mayonesa.

Pero hay una manera de despedirse que más me solía confundir, sobre todo cuando teníamos una comida en un fin de semana o día festivo de la primavera o del otoño. Como los fieles lectores de este blog ya saben, la costumbre de comer ampliamente en medio del día no siempre me gusta. Está bien en el invierno cuando hace demasiado frío para otras actividades. También en verano, cuando es el sol del mediodía que impide estar afuera, una comida y siesta me parece tanto útil como agradable. Pero en los primeros días de la primavera me gusta andar por la naturaleza para oír los pájaros y ver las primeras flores. En los últimos días soleados del otoño no hay nada mejor que pisar en un bosque el césped de las hojas caídas y oler la humedad y las setas. A veces no es posible. Tenemos una comida, con por ejemplo un primer plato de patatas con judías, el segundo plato con cordero asado, un postre de arroz con leche y después té o café con bombones. Todo muy agradable, desde luego, pero durante estas comidas no puedo evitar mirar de vez en cuando por la ventana para ver desesperadamente como los últimos rayitos del sol de la tarde ya rozan los topes de los árboles. Y cuando por fin estamos en el proceso de despedirnos, lo que a veces toma bastante tiempo, los miembros de la familia me dan un susto tremendo con las palabras: ‘Hasta mañana’. ¿¡Hasta mañana?! ¿Otra vez vamos a comer?  Hoy día sé que hasta mañana no de veras significa hasta mañana como hasta luego no significa hasta luego y hasta ahora no significa hasta ahora.

En todo caso, ya casi ha llegado el momento de despedirme. Entonces, adiós Ponferrada, hasta luego El Bierzo, ciao ciao mis amigos y amigas, hasta mañana mi familia española, hasta siempre mi amor.


martes, 18 de noviembre de 2014

Deportista

Uno de los errores que se puede hacer viviendo en otro país es pensar que la gente que te rodea es típica para su país. Un prejuicio nace fácilmente. Cuando vine a vivir aquí, hace cinco y medio años ahora, ya había viajado varias veces por España, por lo cual sabía que no valían los tópicos comunes: España como un país de flamenco, paella, mañana mañana y siempre felicidad.

Aunque sea así, llegué con algunos prejuicios y seguramente todavía me quedan algunos, pero uno que perdí recientemente es este: los holandeses somos de media más deportistas que los españoles. Seguramente muchos españoles ahora empiezan a reírse. ‘¿Los holandeses más deportistas que los españoles? ¿No saben estos holandeses arrogantes que España reinaba en el fútbol por una década, y que tenemos quizás el mejor equipo de baloncesto de Europa?’

Por cierto, mi prejuicio se basó en la gente en mi alrededor aquí en El Bierzo y, desde luego, en la gente con quien me relacionaba en Holanda. La mayoría de mis amigos holandeses son bastante deportistas. Pasábamos las vacaciones en la montaña para hacer tracking o para esquiar. Con gran parte de mis amigos jugábamos en el famoso club de fútbol Taba. Jugar fútbol cada sábado de la temporada suena bastante deportista pero la verdad es que quizás no siempre era una actividad tan exagerada sana. Cada victoria celebramos con muchas cervezas. Porque victorias no eran tan frecuentes decidimos celebrar los empates como victorias. La mayoría de los sábados, sin embargo, terminaban con muchas cervezas como consuelo de la enésima derrota. Cuando venía a vivir a España, mi vida tomó un ritmo más tranquilo. Encontré sobre todo gente cuya principal actividad deportiva parecía ser ir con coche a algún lugar para después andar tan lento como posible hacia el bar o restaurante.

La primera grieta en mi opinión sobre la deportividad de los españoles surgió durante una cena con algunos amigos bercianos. Me preguntaron si a mí me gustaba andar. Lo afirmé con un fuerte sí, lo que mi querida Ana confirmaba con tono orgulloso: ‘Es muy deportista.’ ‘Pues bien,’ continuaron, ‘en junio habrá La Travesía de los Montes Aquilianos con una distancia de unos sesenta kilómetros.’ ‘¿Sesenta kilómetros en la montaña en un solo día?’ pregunté asustado. ‘Vale, también se puede coger la ruta corta que es solo unos cuarenta y cinco kilómetros,’ explicaron. Por causalidad unas semanas antes ya había hecho más o menos la misma ruta con un amigo holandés. Lo hicimos en tres días, durmiendo en los pueblos Espinoso de Compludo y Peñalba de Santiago y esto ya nos había parecido bastante un esfuerzo. ‘Lo pensaré,’ contesté un poco hipócrita.

A veces hacía jogging en las orillas del río Sil o en el monte al lado de Ponferrada, El Pajariel. Sobre todo los domingos había otros con la misma idea, y a veces corrían bastante más rápido que yo. Pero prejuicios se resisten. ‘Debe ser un profesional,’ pensé o ‘Mira qué joven es.’ El final de mi prejuicio llegó este verano cuando me había inscrito para El Pajariel Vertical, una carrera desde la orilla del río Sil hacia la cumbre del Pajariel. Aquel domingo en junio, cuando subía el estrecho caminito y uno tras otro los bercianos me pasaban, la mayoría saludándome muy amablemente, me di cuenta que mi opinión sobre la deportividad de los españoles estaba basado sobre una muestra de la población demasiado limitada y muy, muy selectiva.

Llegando

miércoles, 5 de noviembre de 2014

El dilema del prisionero

Como profesor de economía tengo a veces que explicar a mis estudiantes una parte de la teoría de juegos que se llama el dilema del prisionero. Se trata de una situación imaginaria en la cual dos prisioneros que cometieron juntos un delito son interrogados separados por la policía. Si ninguno de los dos habla, tendrán un castigo bajo. Delatar al otro significa un castigo todavía más bajo, pero ser delatado significa un castigo más alto. ¿Complicado? En la pizarra lo explico así:



B habla
B no habla
A habla
Los dos 5 años cárcel
A libre, B 10 años cárcel
A no habla
A 10 años cárcel, B libre
Los dos 1 año cárcel
¿Cuál es el resultado más probable?

No hablar resulta en el mejor resultado para los dos, pero claramente no siempre es así, porque uno de los dos puede ir por el resultado máximo aunque sea solamente por desconfiar del otro. En la economía se utiliza este modelo para describir el comportamiento de dos grandes empresas en un mercado; pueden empezar una guerra de precios aunque sea beneficiosa para los dos dividir el mercado. Tengo la impresión que se puede aplicar el dilema del prisionero también a la situación política en España.

Literalmente el caso Bárcenas parece al dilema del prisionero. No sé si fuera para recibir alguna reducción del castigo, pero cuando notó que había perdido el apoyo de su partido, Bárcenas empezó a cantar. Me puedo imaginar que algunos de su partido ya se arrepienten de haber dejado caer al extesorero del PP. Pues bien, ahora ya hay algunos políticos más que se encuentran ante el dilema del prisionero. ¡Esperamos que canten!

Pero quizás los dos partidos políticos mayoritarios también están confrontados con un dilema del prisionero. Cada vez más los dos se están acusando mutuamente de corrupción. Creo que muchos políticos piensan que ‘los del otro partido’ están detrás de las persecuciones de los suyos. Y no me extrañaría si parcialmente tienen razón con este sospecho: muchos jueces están vinculados a uno de los dos partidos; la separación del poder política y judicial nunca de veras se efectuó en España.

Después del caso Gürtel, el caso Bárcenas, el caso de los ERE, el caso Puyol, y que sé yo que caso más, ahora salió el caso Púnica a la luz. Pero esta vez parece que algo cambiará fundamentalmente. Aunque el caso Gürtel ya era conocido, en las últimas elecciones el PP todavía recibió un 44.6% de los votos (que por un fallo en el sistema electoral resultó en la mayoría absoluta en el parlamento). Parece que la tolerancia hacia la corrupción se está acabando. En un sondeo apareció Podemos como el partido con más intención de voto. Desde luego no sabemos si esto ocurriría en elecciones de veras; quizás la gente dijo votar Podemos solamente en un momento de ira, sin saber exactamente lo que significaría la aplicación del programa de la nueva formación. Nuevos partidos políticos crecen y bajan a veces rápidamente porque dependen de los caprichos de los votos de protesta. Pero claro es que hay espacio para partidos nuevos y renovadores, tanto a la derecha como a la izquierda. Es posible que en el juego de suma-cero que jugaron el PP y PSOE, los dos van a ganar cero. Ojalá lo vamos a notar en un futuro próximo.




jueves, 23 de octubre de 2014

Los Bancos

Todavía tengo la foto. Son los años 80. Estamos tomando una caña en la terraza de Café Zurich en Barcelona, cuando decido probar mi nuevísima tarjeta bancaria en el Banco Central al otro lado de las Ramblas. Sería la primera vez en mi vida que lo haga en un cajero automático que no cuelga de una pared de una oficina de correos holandesa. Y tengo éxito. Para mi sorpresa los billetes de 100 pesetas salen de la ranura. Lleno de orgullo vuelvo al Café Zurich. Para no tener que esperar el semáforo voy por el túnel abajo de las Ramblas. Cuando subo mi amigo Wybe tira la foto. Vemos un joven con todavía bastante pelo después de cumplir una misión decisiva. Nunca más sería necesario esperar con traveller cheques en una cola ante una taquilla.

Entonces España parecía más avanzada que Holanda si hablamos de la banca. Durante nuestras vacaciones nos llamó la atención que también en las ciudades pequeñas en la montaña casi siempre había cajeros. Los bancos eran omnipresentes. Todavía es así. Aquí abajo, en la Avenida de América, hay tres cajeros automáticos de diversos bancos. Y en muchas calles comerciales, también las de Ponferrada, los bancos predominan la escena callejera. A pesar de las fusiones todavía hay una gran diversidad de bancos y cajas. 

Es extraño, pero en España es más fácil sacar dinero de mi cuenta holandesa que de mi española. Con mi tarjeta española siempre tengo que tener mucha atención en que banco saco el dinero, para evitar pagar una comisión de € 3,50 creo. Con mi tarjeta holandesa puedo sacar dinero en cualquier cajero en España (y otros países de Europa) sin ningún costo extra. ¿De dónde vendrá esta diferencia? Hasta es el mismo banco: el ING, que también está activo en España. Que todavía tengo una cuenta holandés en el ING casi me da vergüenza. Por unas fusiones llegué a este banco y siempre había tenido demasiada pereza para cambiar de banco, mientras el ING pagaba bonos altos a sus altos empleados. El colmo era cuando El ING contrataba como comisario al ex sindicalista, ex socialista, y ex ministro-presidente de Holanda Wim Kok, que llegó a defender esta perversa cultura de los bonos.

Los banqueros españoles también se han enriquecidos en la época del boom con altísimos salarios y bonos. Es triste leer sobre las cajas de ahorros, que quizás hace mucho tenían un cierto perfil social. Todavía la Caja España organiza a veces eventos culturales aquí en Ponferrada. La mayoría de las cajas están ahora en las manos ansiosas de directivos sin escrúpulos. Muchas veces son representantes de los partidos políticos, de los sindicatos y las organizaciones empresariales. Y esto tenía resultados bastante funestos.

Vendieron a muchos ahorradores preferentes prometiendo muchos ingresos sin demasiado riesgo. Vale, un riesgo bajo hasta explotó la burbuja financiera, desde luego. Últimamente salen en las noticias las aventuras de los administradores de la Caja de Madrid, que pudieron utilizar sus tarjetas gratis para hacer compras de lujo. Sobre todo la coalición entre el Partido Popular y Comisiones Obreras es sorprendente en este caso. La corrupción está encima de las diferencias políticas y sociales.

El vínculo entre la política y los bancos es insano y perverso. Los poderes políticos y los poderes económicos deben estar separados. Los políticos no deben tener los bancos en sus manos; ellos tienen que controlar, vigilar y regular a los bancos desde afuera, mientras nosotros, como ciudadanos atentos, tenemos que controlar y vigilar a los políticos, desde luego. Y yo voy cambiar de banco, vale, si encuentro tiempo y si no es demasiado complicado.
¡Misión cumplida!

martes, 30 de septiembre de 2014

Naturaleza construida

Estoy en la casa de mi tío en Osdorp, un barrio al oeste de Ámsterdam. Cuando miro por la ventana hacia afuera veo que hay obras al otro lado del estanque. Desmontan las orillas y en el medio del estanque una pequeña grúa que se tambalea sobre un barquito coloca postes en el barro del fondo del estanque. Ayer fui a leer el cartel que habían puesto para explicar las obras. ‘Aquí Ámsterdam trabaja en la construcción de orillas naturales’ ponía. La idea es que a las ranas, serpientes y aves les gustan más orillas graduales con caña y plantas. Naturaleza construida. Como casi todo en Holanda está construido. Holanda parece a veces un gran jardín. Cuando en algún sitio desaparece naturaleza por un proyecto urbanístico, en otro sitio se construye ‘naturaleza de compensación’. Con orillas desmoronadas, desde luego, y con unos bóvidos primitivos que parecen ser imprescindibles en un parque natural holandés.

La verdad es que la fauna en Holanda está presente de una manera abundante. Cuando miro desde la butaca de mi tío por la ventana veo al menos unas decenas de aves de los cuales muchos ornitólogos españoles se pondrían celosos. En el parque al otro lado casi es imposible andar sin pisar un conejo. Pescadores vienen desde Inglaterra aquí para pescar las carpas grandes que viven en el lago. Una vez, cuando estaba guiando unos turistas por bici en las dunas de Holanda, vi un zorro. Paré para indicar a los turistas esta observación interesante. El zorro venía a nosotros para mendigar comida. Esto es la naturaleza en Holanda.

¡Qué diferencia con El Bierzo! Alrededor de Ponferrada el paisaje es desordenado. La ciudad no tiene una frontera clara, como en Holanda. Lentamente la urbanización cambia en un paisaje salvaje. En caminatas de pie o bicicleta de la montaña de pronto se puede encontrar un basurero ilegal. En puntos con vista sobre el valle que son accesibles por los coches el suelo está sembrado de latas y condones; es dónde la juventud va para una noche romántica. Alejándose más de la ciudad, el paisaje se pone más vacío. Muchas zarzas, brezales, pinos plantados y bosques naturales de encina o roble. Allí viven muchos animales salvajes. Jabalís, corzos, zorros, una vez vimos un tejón. Más allá en la montaña hay osos y lobos. Curioso que tantos animales parecen poder sobrevivir a las cacerías del otoño. La naturaleza en El Bierzo casi no está protegida. Lo que hay abundante no se necesita mantener de una manera forzada. No hay cercos alrededor de los bosques. Se caza los animales; se recoge las setas y las frutas del bosque. En los caminos se hace motociclismo. Un bosque de álamos donde el año pasado oí cantar las oropéndolas este año está talado. El los veranos largos y secos siempre hay algún idiota que, por su placer, pone fuego a la montaña.

La naturaleza del Bierzo es para utilizar. Ya desde siempre. Los romanos ya extraían oro y por eso hacían casi desaparecer a un monte. Las ruinas de este monte y los canales ahora es el monumento cultural más importante de la región. Durante una excursión con la bici entre Molinaseca y Bembibre me perdí y llegué en una cantera de carbón. Un hueco negro en medio de la naturaleza tan verde. No obstante era fascinante y hermoso. Sobre los montes hay muchas turbinas eólicas, la manera moderna de extraer energía de la naturaleza. Había discusiones feroces entre los que quieren proteger la naturaleza y los que están en favor de energía renovable, normalmente aliados, sobre el impacto de las turbinas en el hábitat de los urogallos. En España también crece la conciencia que se debe proteger la naturaleza aunque sea tan abundante.

Miro otra vez por la ventana para ver que tal van las obras de las orillas naturales. Los somormujos, pollas de agua, fochas comunes, porrones moñudos, garzas reales y cormoranes parecen esperar pacientemente hasta por fin estas obras que disturban tanto la tranquilidad se acaben.

Escrito en diciembre 2012

Estoy de vuelta en la casa de mi tío. La naturaleza construida de la isla artificial florece. Y también la calidad de la foto de mi nuevo móvil es un poquetín mejor. ¡Viva el progreso!

Septiembre 2014
 diciembre 2012
  
septiembre 2014




martes, 23 de septiembre de 2014

Pueblos perdidos

En la ruta a casa después de unas vacaciones muy agradables en la costa Gallega, decidimos hacer una pequeña excursión turística. Seguimos desde la autopista las indicaciones y teníamos que aparcar en una franjita de tierra al lado de la carretera. No había nadie. Bajamos un caminito al río Sil y allí estaba: un túnel a través del monte, hecho por los romanos hace unos 2000 años para cortar un lazo del río. Un cartel desgastado por el tiempo daba la información turística. Subimos al coche y decidimos bajar a Montefurado. El pueblo era construido en unas medulas que quizás no eran tan espectaculares como las del Bierzo, pero el conjunto resultaba ser al menos tan especial. Un típico pueblo gallego en estado ruinoso con muchas casas antiguas, rodeado por los restos del monte rojo que los romanos habían quitado con la fuerza del agua en la búsqueda de oro. Algunos restos del monte estaban utilizados como pared de las casas.

Y ahora viene lo más sorprendente para un guiri holandés: en todo el pueblo Montefurado no había ningún bar, ningún restaurante, ni un café pudimos comprar. Muchas casas ya estaban abandonadas. Nos preguntamos hasta cuando el pueblo existirá. La gente del pueblo estaba sentada alrededor de un mirador con vistas sobre el valle y nos invitamos de venir a ellos para disfrutar el paisaje. Un sitio estupendo. Pudimos ver el túnel romano al fin del valle. Mientras estábamos allí hablando sobre el pueblo, su pasado, su difícil futuro y la falta de facilidades turísticas, me probaba imaginar el aspecto de un pueblo holandés con semejante atracción histórica: todas las casitas restauradas con jardines rastrillados, al menos dos snackbars, una crepería, varios bares y restaurantes con terrazas, una granja infantil y por todos lados indicaciones de rutas para bicicleta o andar.

En toda España se puede encontrar a estos pueblos que por la emigración hacía las ciudades se quedaban (medio) vacíos y destrozados. También aquí en El Bierzo los hay, a veces a una distancia de Ponferrada que se puede andar o ir con bici. Un pueblo desolado también tiene su encanto, debo decir. La madera quebrada de los balcones, la naturaleza que lentamente toma posesión de las casas. Pero también da tristeza. A veces se trata de pueblos con una historia próspera, a juzgar por las casonas y las a veces exageradamente inmensas iglesias.

Hasta una ciudad como Ponferrada no escapa del deterioro. Por ejemplo, El Rañadero, la calle que sube desde nuestra calle hacia el casco antiguo, pudiera fácilmente ser una de las calles más guapas de la comarca. No lo es. Grafiti, casas vacías en ruinas, huecos donde una vez había una casa. Dónde hace unos años había un fuego todavía quedan los restos quemados de la casa, con unas vallas para proteger los paseantes de piedras que pueden caer.

¿Por qué no se hace más esfuerzo por mantener los cascos históricos de las ciudades y los pueblos?  De una manera el dinero iba a la dirección equivocada. El conglomerado de políticos, bancos y promotores inmobiliarios tenía más interés en un gran proyecto de urbanización como La Rosaleda en Ponferrada. Este barrio nuevo está construido como si se esperaba una ola de nacimientos o inmigración. Ahora todavía muchos pisos están sin vender. Quizás hubiera sido posible invertir el dinero en mejorar la infraestructura de los pueblos para hacerlos aptos para el ciudadano moderno y a la vez turísticamente atractivos. La escena callejera no necesariamente sufre de una restauración de las casas como muestra el pueblo Peñalba de Santiago.

¡Pero que no restauran todos los pueblos! Para los que lo saben apreciarlo, un pueblo caído en la monte, dónde se puede contemplar como la naturaleza reconquista pacientemente el terreno perdido a los humanos, tiene su encanto especial.

Montefurado

Un palacio abandonado en El Bierzo

viernes, 29 de agosto de 2014

Calcetines

Es un sábado caluroso de agosto. Estamos a punto de ir con el barco desde Cangas de Morrazo a Las Islas Cíes. Para matar el tiempo cojo el suplemento de El País: Moda, una revista que normalmente no toco. Hojeando se me ocurre una idea maravillosa, aunque difícil de ejecutar. ‘Ah, mira, un artículo sobre la moda de este verano,’ digo. Mi pareja es todo oídos. Ya le extrañó que leyera Moda, pero que ahora también vaya a citar un artículo es absolutamente el colmo. Ahora viene la parte difícil. Tengo que improvisar un texto en el estilo de la revista. Empiezo: ‘Lo que es la nueva tendencia este verano es llevar calcetines, tan visiblemente como posible. Dónde hasta ahora estaban escondidos en los zapatos, hoy día se ve a los celebrities llevar altos calcetines en combinación de un pantalón corto y playeras, tacones e incluso sandalias. Si, se puede decir que la calcetín ha vuelto.’ Miro a mi pareja para ver su reacción. Lanza un suspiro cansado,  dice: ‘Es él calcetín, y no creo que haya vuelto’ y continua leyendo las noticias internacionales. Un momento estoy decepcionado pero me doy cuenta que una batalla perdida no es una guerra perdida.

La primera vez que noté algo de la desgracia en la cual el calcetín caería era también en España ya hace mucho, en un camping en Catalunya, para ser exacto. Indiqué mi amigo de viaje a unas adolescentes que parecían llevar playeras sin calcetines, lo que, en mi opinión, podía causar mal olor en los zapatos y en los pies. Mi amigo me explicó que si las chicas llevaban calcetines pero que evitaron mostrarlos. Los adolescentes habían declarado tabú el mostrar calcetines. Por eso llevaban blancos calcetincitos pequeñitos que llegaban justamente hasta el borde de sus playeras. Para mi asombro constaté que mi amigo tenía razón. Pues bien, a adolescentes muchas veces les ocurren opiniones fuertes, sobre todo cuando se trata de ropa. Declaran algo tabú o de moda, normalmente dependiendo de lo que llevan sus favoritos artistas de música pop.

Por desgracia he debido constatar que lo de esconder los calcetines no fue una moda pasajera, sino algo que se desarrolló hacia un comportamiento general, tanto aquí en España como en Holanda. Hoy día se puede ver adultos que esconden los calcetines como si fueran anomalías físicas. Además de los blancos calcetincitos también circulan calcetines transparentes. Se puede ver ciclistas que no parecen llevar calcetines. Se hace footing sin visibles calcetines. Los montañeros no llevan calcetines. ¡Hasta los turistas no llevan calcetines!  

Y aquí en España los calcetines están inseparablemente vinculados con el concepto ‘turista’. Por cierto, mi apodo de orgullo es ‘el guiri’: un personaje con la cara quemada por el sol, huesudas rodillas debajo de un pantalón corto, una cámara colgando de su cuello, una mochilita y, desde luego, altos calcetines preferiblemente en combinación de unas sandalias. La verdad es que esto último solía llevar. En mis años revueltos, cuando todavía no me vestía tan impecablemente como hoy día, compraba calcetines de color rojo encendido que llevé en mis sandalias. Como pasa el tiempo. Aprendí de conformarme. Hoy en día llevo mis calcetines solamente en zapatos cerrados. Nunca con sandalias, desde luego.

Pero más allá no quiero ir. Hay límites a la adaptación. Este verano compré en las rebajas diversas parejas de calcetines en los colores más vivos. Estos voy a llevar visiblemente; también en combinación de un pantalón corto. ¡Que nadie me toque los calcetines!


miércoles, 6 de agosto de 2014

Cinco años

A medida que avanza la edad, el tiempo parece pasar más rápidamente. Dicen que esta sensación tiene que ver con la duración relativa de un periodo. Cinco años desde luego siempre son cinco años, pero para alguien de 20 forman 25% de su vida (y normalmente años en que pasan muchas cosas), mientras para alguien de 55 años, como signatario, cinco años forman 9,09% de su vida (pero todavía pasan muchas cosas, eh). Para personas que  preferimos las cifras relativas sobre las cifras absolutas el título más adecuado de esta opinión de un guiri sería: 9,09%. ¿Sabes qué? Empiezo de nuevo.

9,09%

Vivo ahora 9,09% de mi vida en El Bierzo. Quizás no es exactamente la verdad, porque a veces vuelvo a Holanda para trabajar allí unas semanas, pero al otro lado estuve aquí muchas veces antes de 2009. Unos 9% serán.

Hace cinco años, cuando el amor me hacía venir a Ponferrada, tenía una impresión muy positiva de España, por cierto el país dónde me gustaba pasar mis vacaciones y dónde la vida parecía ser buena. Esta impresión positiva no se ha cambiado, pero ahora sí está más estratificada. Mi vista de España era coloreada rosa por mis viajes en los años 80, cuando España acabó de liberarse de muchos años de dictadura, por lo cual había un ambiente de apertura, curiosidad y esperanza. Visiblemente España se ha vuelto más próspera desde entonces, pero la crisis acabó con la idea que el futuro solamente será mejor. Algunos españoles parecen haber llegado a un estado de depresión colectiva. Una vecina que una mañana encontré en el ascensor  y que saludé con un quizás algo obligatorio ‘Hola, ¿qué tal?’ expresó el ánimo de crisis con su respuesta: ‘¿Qué voy a decir? ¡No hay remedio!’ Variantes de esta manera poca animada de reaccionar son: ‘Estamos todos condenados’ o ‘Estamos vendidos.’  La verdad es que la crisis y el mundo que cambia tan rápidamente también han afectado al estado de ánimo de Holanda. Por eso, la imagen de Holanda como país moderno y progresista ya se está cambiando en la imagen de un país de xenófobos y machacones neoliberales.

Pues bien, como ya dije, en general mi impresión de España como país agradable para vivir o visitar se ha mantenido ilesa. Las noticias negativas sobre los casos de corrupción en la prensa están más que compensadas por la gente decente y honesta que he encontrado aquí. Por mis clases conocí a muchos bercianos interesantes y amables. Cuando damos por la tarde una vuelta por el casco histórico de Ponferrada, ya encuentro a más conocidos que en cualquier sitio en Ámsterdam, con excepción quizás de los campos de fútbol de mi querido club afc TABA.

Parece que estoy aquí para quedarme. Desde luego, de vez en cuando vuelvo a Holanda para ver la familia y mis amigos, y para expresarme tan fácilmente en mi propia lengua y para echar de menos al Bierzo casi inmediatamente. La vida es buena aquí. Y quien sabe, si llegaré a ser 100, puedo lograr el 50% de mi vida en El Bierzo. Es una apuesta loable.


sábado, 28 de junio de 2014

Ir con bici en Ponfer



Lo que quizás más echo de menos de mi anterior vida en Ámsterdam es moverme con la bici por la ciudad. Si, desde luego dispongo de un MTB con la cual hago de vez en cuando excursiones de extraordinaria belleza por los montes bercianos. Pero esto es hacer deporte. Hace unas semanas fui con mi bici de visita a una familia en el pueblo Orbanajo para tomar un café. El sudor goteaba de mi frente en mi taza. No pudo inclinarme hacia atrás en mi silla por miedo de ensuciar el respaldo. Me era claro que la bicicleta no era el medio de transporte más propio para ir de visita a un pueblo en el monte.

Pero en la ciudad es diferente. Ponferrada es pequeña, que significa que casa casi todo es alcanzable a pie. Solamente hacia el oeste la ciudad se ha alargado y anexionó diferentes pueblos. Allí también está Fuentes Nuevas, una vez un pueblo, ahora el barrio de Ponferrada donde está el hospital. Al hospital viajaba a menudo los últimos meses, lo que solía hacer con autobús. Es una conexión bastante bien, casi todos los autobuses van al hospital, aunque a veces perdí el último bus por lo que tenía que andar a casa. La MTB no utilicé porque me faltaba una cerradura y me han asegurado que también en Ponferrada dejar un mountain bike en la calle no es seguro. Porque me gusta tanto ir con bici, a veces alquilo una.

Alquilar una bici es gratis utilizando la Tarjeta Ciudadana. Se trata de bicis pequeñas sin machas o cerradura. Las marchas no hacen falta en Ponferrada, vale, como mucho si quieres subir al casco histórico. Si tienes mala suerte no es posible subir la silla, por la cual un holandés de altura media llega con las rodillas encima del manillar. Pues bien, no se trata de ganar ninguna competición de belleza, se trata de llegar a algún sitio. Esto tampoco resulta fácil. Los puntos de recogida y devolución de las bicis están distribuidos de manera ilógica. Si de veras quieren promover el uso de estas bicis como medio de transporte se necesita poner puntos cerca de la biblioteca, la universidad, el hospital, la estación de Renfe, el ayuntamiento y el centro comercial.  Sin embargo, la mayoría están demasiado cerca unos de otros, con uno en el barrio (una vez pueblo) Cuatro Vientos, no demasiado lejos del hospital. Esto utilizaba para cubrir al menos un parte de la distancia entre casa y hospital.

Lo que también llama la atención cuando se va con bici por Ponferrada es la extraña planificación de los carriles. Ir con bici en la carretera puede resultar peligroso. Los otros participantes del tráfico no están acostumbrados a bicis. Conducen rápido en carreteras estrechas y después de aparcar abren las puertas del coche sin mirar hacia atrás. Hay carriles para bicis pero parecen no ir a ningún sitio. Uno va alrededor del amplio pabellón de deporte. Otros de pronto terminan en un parque. Los carriles son para ir de bici por placer, no para ir al trabajo, hacer compras, salir o ir de visita.
  
Pero quizás todo cambiará. El Ayuntamiento quiere poner Ponferrada en el mapa como ciudad de bicicletas. ¿La razón? El mundial de ciclismo, que tiene lugar en septiembre. Parece que este evento genera expectativas altísimas, como si pudiera sacar a Ponferrada de la crisis económica. Lo dudo, la verdad. Por casualidad me enteré que en 2012 el mundial tuvo lugar en Holanda, en la provincia de Limburgo. ¿Quién en el mundo se daba cuenta de esto, con excepción de los habitantes de esta región? Pues bien, quizás ahora se trabajará seriamente en hacer Ponferrada más accesible para bicis. El alcalde ya está visto varias veces sobre una bici, al menos cuando había fotógrafos de la prensa cerca. Es un comienzo. En mi juventud (estamos hablando de los años setenta) participé en algunas manifestaciones para demandar que el centro de Ámsterdam fuera libre de coches. Esto nunca pasó. Pero quién sabe, quizás mi sueño juvenil se va a cumplir. ¡¡Ponferrada, libre de coches!! 
 



Izquierda: bici de alquiler
Abajo: alcalde en bici

Manifestación en Ámsterdam en los años 70

viernes, 13 de junio de 2014

Otra vez el hospital

Últimamente pasé otra vez bastante tiempo en el hospital. Aquí es costumbre que al menos un miembro de la familia o un amigo pasa todo el día al lado de la cama del paciente como acompañante. Muchos de estos acompañantes se quedan a dormir, por lo cual se puede desplegar una silla para que tenga alguna semejanza a una cama. Además hay los visitantes usuales que vienen durante el día. Aunque nunca hay más que dos pacientes en una habitación, las habitaciones suelen llenarse bastante, sobre todo por la tarde. Una familiar mía estaba en una habitación con una mujer de un pueblo cerca de la frontera de Galicia. Por los tardes venían los paisanos mayores, a veces cinco de ellos a la vez. Hablaban de la cosecha de las patatas y berzas, cuando será el momento que las cerezas están maduras e intercambiaban otros datos de interés de la vida agraria. Aquí la gente mayor de los puebles está muy vinculada con la tierra, el tiempo y la naturaleza. En un momento dado un paisano nos miró preocupado que me hacía pensar que se iba a disculpar por hablar con la voz tan alta. ‘Perdónanos que hablamos gallego; debéis no entender nada’, dijo. ‘No se preocupe, lo entendemos un poquitín,’  le aseguramos.

Durante mis visitas me preguntaba muchas veces qué pensaría el personal de tantos visitantes y acompañantes. El trabajo de los enfermeros ya es muy duro. Por los recortes solamente crecerá la presión laboral. A un lado los acompañantes de los pacientes pueden ser un apoyo. Ayudan a los pacientes a las horas de comer, llenan botellas con agua, los sostienen hacia los baños. Al otro lado, creo que si yo fuera enfermero consideraría los visitantes como obstáculos. Cada vez que necesitan limpiar o tratar a un paciente, los enfermeros deben pedir a los visitantes que por favor salgan de la habitación. En los corredores del hospital se forman reuniones informales de familiares y amigos en los cuales se intercambian los detalles de las más diversas enfermedades y tratamientos. El personal se ve forzado de zigzaguear los carritos con medicinas o comida alrededor de los visitantes para llegar a los pacientes. Lo hacen sin ninguna queja; estarán acostumbrados y, como dicho, quizás consideran los visitantes como un alivio y no como una molestia. Ya varias veces, cuando salimos del hospital, aseguré a mi mujer que, cuando una vez estaré en el hospital como paciente, que no quiero que haya visitantes aburriéndose todo el día al lado de mi cama. Hora de visita entre las 5 y las 7 de la tarde y además nada. Sí, lo admito, soy un típico individualista del norte.

Otra cosa que me sorprendió. Una mañana entró en la habitación una persona con el uniforme blanco del hospital que con una alegría fuera del lugar empezó a dar ánimos a los dos pacientes. ‘¡Buenos días! ¡Ya tienes un mejor aspecto!’ mintió a uno y le golpeaba en la mejilla. Después iba al otro paciente. ‘¡Ayer ganó Real Madrid la Copa de Campeones!’ ‘Soy de Atleti’, gruñó el paciente. Cuando el hombre había salido de la habitación pregunté: ‘¿Quién era este doctor hiperactivo?’ A pesar de las circunstancias los otros presentes reían. ‘Es uno de los curas,’ explicaron, ‘que trabajan aquí en el hospital.’ ‘¿Pero no es un hospital público?’ pregunté con incredulidad.

Una tarde, cuando estuvimos sentados en una sala común, una enfermera nos acercó con una petición para firmar. Nos explicó que este verano el hospital quiere cerrar una planta con 36 camas. Presuntamente es una medida temporal, pero esto ya habían dicho en otra ocasión y aquella planta nunca más se abrió. Sin ninguna vacilación firmamos la petición, y la deseábamos mucha fuerza con la protesta y con su trabajo tan duro y necesario.