martes, 30 de septiembre de 2014

Naturaleza construida

Estoy en la casa de mi tío en Osdorp, un barrio al oeste de Ámsterdam. Cuando miro por la ventana hacia afuera veo que hay obras al otro lado del estanque. Desmontan las orillas y en el medio del estanque una pequeña grúa que se tambalea sobre un barquito coloca postes en el barro del fondo del estanque. Ayer fui a leer el cartel que habían puesto para explicar las obras. ‘Aquí Ámsterdam trabaja en la construcción de orillas naturales’ ponía. La idea es que a las ranas, serpientes y aves les gustan más orillas graduales con caña y plantas. Naturaleza construida. Como casi todo en Holanda está construido. Holanda parece a veces un gran jardín. Cuando en algún sitio desaparece naturaleza por un proyecto urbanístico, en otro sitio se construye ‘naturaleza de compensación’. Con orillas desmoronadas, desde luego, y con unos bóvidos primitivos que parecen ser imprescindibles en un parque natural holandés.

La verdad es que la fauna en Holanda está presente de una manera abundante. Cuando miro desde la butaca de mi tío por la ventana veo al menos unas decenas de aves de los cuales muchos ornitólogos españoles se pondrían celosos. En el parque al otro lado casi es imposible andar sin pisar un conejo. Pescadores vienen desde Inglaterra aquí para pescar las carpas grandes que viven en el lago. Una vez, cuando estaba guiando unos turistas por bici en las dunas de Holanda, vi un zorro. Paré para indicar a los turistas esta observación interesante. El zorro venía a nosotros para mendigar comida. Esto es la naturaleza en Holanda.

¡Qué diferencia con El Bierzo! Alrededor de Ponferrada el paisaje es desordenado. La ciudad no tiene una frontera clara, como en Holanda. Lentamente la urbanización cambia en un paisaje salvaje. En caminatas de pie o bicicleta de la montaña de pronto se puede encontrar un basurero ilegal. En puntos con vista sobre el valle que son accesibles por los coches el suelo está sembrado de latas y condones; es dónde la juventud va para una noche romántica. Alejándose más de la ciudad, el paisaje se pone más vacío. Muchas zarzas, brezales, pinos plantados y bosques naturales de encina o roble. Allí viven muchos animales salvajes. Jabalís, corzos, zorros, una vez vimos un tejón. Más allá en la montaña hay osos y lobos. Curioso que tantos animales parecen poder sobrevivir a las cacerías del otoño. La naturaleza en El Bierzo casi no está protegida. Lo que hay abundante no se necesita mantener de una manera forzada. No hay cercos alrededor de los bosques. Se caza los animales; se recoge las setas y las frutas del bosque. En los caminos se hace motociclismo. Un bosque de álamos donde el año pasado oí cantar las oropéndolas este año está talado. El los veranos largos y secos siempre hay algún idiota que, por su placer, pone fuego a la montaña.

La naturaleza del Bierzo es para utilizar. Ya desde siempre. Los romanos ya extraían oro y por eso hacían casi desaparecer a un monte. Las ruinas de este monte y los canales ahora es el monumento cultural más importante de la región. Durante una excursión con la bici entre Molinaseca y Bembibre me perdí y llegué en una cantera de carbón. Un hueco negro en medio de la naturaleza tan verde. No obstante era fascinante y hermoso. Sobre los montes hay muchas turbinas eólicas, la manera moderna de extraer energía de la naturaleza. Había discusiones feroces entre los que quieren proteger la naturaleza y los que están en favor de energía renovable, normalmente aliados, sobre el impacto de las turbinas en el hábitat de los urogallos. En España también crece la conciencia que se debe proteger la naturaleza aunque sea tan abundante.

Miro otra vez por la ventana para ver que tal van las obras de las orillas naturales. Los somormujos, pollas de agua, fochas comunes, porrones moñudos, garzas reales y cormoranes parecen esperar pacientemente hasta por fin estas obras que disturban tanto la tranquilidad se acaben.

Escrito en diciembre 2012

Estoy de vuelta en la casa de mi tío. La naturaleza construida de la isla artificial florece. Y también la calidad de la foto de mi nuevo móvil es un poquetín mejor. ¡Viva el progreso!

Septiembre 2014
 diciembre 2012
  
septiembre 2014




martes, 23 de septiembre de 2014

Pueblos perdidos

En la ruta a casa después de unas vacaciones muy agradables en la costa Gallega, decidimos hacer una pequeña excursión turística. Seguimos desde la autopista las indicaciones y teníamos que aparcar en una franjita de tierra al lado de la carretera. No había nadie. Bajamos un caminito al río Sil y allí estaba: un túnel a través del monte, hecho por los romanos hace unos 2000 años para cortar un lazo del río. Un cartel desgastado por el tiempo daba la información turística. Subimos al coche y decidimos bajar a Montefurado. El pueblo era construido en unas medulas que quizás no eran tan espectaculares como las del Bierzo, pero el conjunto resultaba ser al menos tan especial. Un típico pueblo gallego en estado ruinoso con muchas casas antiguas, rodeado por los restos del monte rojo que los romanos habían quitado con la fuerza del agua en la búsqueda de oro. Algunos restos del monte estaban utilizados como pared de las casas.

Y ahora viene lo más sorprendente para un guiri holandés: en todo el pueblo Montefurado no había ningún bar, ningún restaurante, ni un café pudimos comprar. Muchas casas ya estaban abandonadas. Nos preguntamos hasta cuando el pueblo existirá. La gente del pueblo estaba sentada alrededor de un mirador con vistas sobre el valle y nos invitamos de venir a ellos para disfrutar el paisaje. Un sitio estupendo. Pudimos ver el túnel romano al fin del valle. Mientras estábamos allí hablando sobre el pueblo, su pasado, su difícil futuro y la falta de facilidades turísticas, me probaba imaginar el aspecto de un pueblo holandés con semejante atracción histórica: todas las casitas restauradas con jardines rastrillados, al menos dos snackbars, una crepería, varios bares y restaurantes con terrazas, una granja infantil y por todos lados indicaciones de rutas para bicicleta o andar.

En toda España se puede encontrar a estos pueblos que por la emigración hacía las ciudades se quedaban (medio) vacíos y destrozados. También aquí en El Bierzo los hay, a veces a una distancia de Ponferrada que se puede andar o ir con bici. Un pueblo desolado también tiene su encanto, debo decir. La madera quebrada de los balcones, la naturaleza que lentamente toma posesión de las casas. Pero también da tristeza. A veces se trata de pueblos con una historia próspera, a juzgar por las casonas y las a veces exageradamente inmensas iglesias.

Hasta una ciudad como Ponferrada no escapa del deterioro. Por ejemplo, El Rañadero, la calle que sube desde nuestra calle hacia el casco antiguo, pudiera fácilmente ser una de las calles más guapas de la comarca. No lo es. Grafiti, casas vacías en ruinas, huecos donde una vez había una casa. Dónde hace unos años había un fuego todavía quedan los restos quemados de la casa, con unas vallas para proteger los paseantes de piedras que pueden caer.

¿Por qué no se hace más esfuerzo por mantener los cascos históricos de las ciudades y los pueblos?  De una manera el dinero iba a la dirección equivocada. El conglomerado de políticos, bancos y promotores inmobiliarios tenía más interés en un gran proyecto de urbanización como La Rosaleda en Ponferrada. Este barrio nuevo está construido como si se esperaba una ola de nacimientos o inmigración. Ahora todavía muchos pisos están sin vender. Quizás hubiera sido posible invertir el dinero en mejorar la infraestructura de los pueblos para hacerlos aptos para el ciudadano moderno y a la vez turísticamente atractivos. La escena callejera no necesariamente sufre de una restauración de las casas como muestra el pueblo Peñalba de Santiago.

¡Pero que no restauran todos los pueblos! Para los que lo saben apreciarlo, un pueblo caído en la monte, dónde se puede contemplar como la naturaleza reconquista pacientemente el terreno perdido a los humanos, tiene su encanto especial.

Montefurado

Un palacio abandonado en El Bierzo

viernes, 29 de agosto de 2014

Calcetines

Es un sábado caluroso de agosto. Estamos a punto de ir con el barco desde Cangas de Morrazo a Las Islas Cíes. Para matar el tiempo cojo el suplemento de El País: Moda, una revista que normalmente no toco. Hojeando se me ocurre una idea maravillosa, aunque difícil de ejecutar. ‘Ah, mira, un artículo sobre la moda de este verano,’ digo. Mi pareja es todo oídos. Ya le extrañó que leyera Moda, pero que ahora también vaya a citar un artículo es absolutamente el colmo. Ahora viene la parte difícil. Tengo que improvisar un texto en el estilo de la revista. Empiezo: ‘Lo que es la nueva tendencia este verano es llevar calcetines, tan visiblemente como posible. Dónde hasta ahora estaban escondidos en los zapatos, hoy día se ve a los celebrities llevar altos calcetines en combinación de un pantalón corto y playeras, tacones e incluso sandalias. Si, se puede decir que la calcetín ha vuelto.’ Miro a mi pareja para ver su reacción. Lanza un suspiro cansado,  dice: ‘Es él calcetín, y no creo que haya vuelto’ y continua leyendo las noticias internacionales. Un momento estoy decepcionado pero me doy cuenta que una batalla perdida no es una guerra perdida.

La primera vez que noté algo de la desgracia en la cual el calcetín caería era también en España ya hace mucho, en un camping en Catalunya, para ser exacto. Indiqué mi amigo de viaje a unas adolescentes que parecían llevar playeras sin calcetines, lo que, en mi opinión, podía causar mal olor en los zapatos y en los pies. Mi amigo me explicó que si las chicas llevaban calcetines pero que evitaron mostrarlos. Los adolescentes habían declarado tabú el mostrar calcetines. Por eso llevaban blancos calcetincitos pequeñitos que llegaban justamente hasta el borde de sus playeras. Para mi asombro constaté que mi amigo tenía razón. Pues bien, a adolescentes muchas veces les ocurren opiniones fuertes, sobre todo cuando se trata de ropa. Declaran algo tabú o de moda, normalmente dependiendo de lo que llevan sus favoritos artistas de música pop.

Por desgracia he debido constatar que lo de esconder los calcetines no fue una moda pasajera, sino algo que se desarrolló hacia un comportamiento general, tanto aquí en España como en Holanda. Hoy día se puede ver adultos que esconden los calcetines como si fueran anomalías físicas. Además de los blancos calcetincitos también circulan calcetines transparentes. Se puede ver ciclistas que no parecen llevar calcetines. Se hace footing sin visibles calcetines. Los montañeros no llevan calcetines. ¡Hasta los turistas no llevan calcetines!  

Y aquí en España los calcetines están inseparablemente vinculados con el concepto ‘turista’. Por cierto, mi apodo de orgullo es ‘el guiri’: un personaje con la cara quemada por el sol, huesudas rodillas debajo de un pantalón corto, una cámara colgando de su cuello, una mochilita y, desde luego, altos calcetines preferiblemente en combinación de unas sandalias. La verdad es que esto último solía llevar. En mis años revueltos, cuando todavía no me vestía tan impecablemente como hoy día, compraba calcetines de color rojo encendido que llevé en mis sandalias. Como pasa el tiempo. Aprendí de conformarme. Hoy en día llevo mis calcetines solamente en zapatos cerrados. Nunca con sandalias, desde luego.

Pero más allá no quiero ir. Hay límites a la adaptación. Este verano compré en las rebajas diversas parejas de calcetines en los colores más vivos. Estos voy a llevar visiblemente; también en combinación de un pantalón corto. ¡Que nadie me toque los calcetines!


miércoles, 6 de agosto de 2014

Cinco años

A medida que avanza la edad, el tiempo parece pasar más rápidamente. Dicen que esta sensación tiene que ver con la duración relativa de un periodo. Cinco años desde luego siempre son cinco años, pero para alguien de 20 forman 25% de su vida (y normalmente años en que pasan muchas cosas), mientras para alguien de 55 años, como signatario, cinco años forman 9,09% de su vida (pero todavía pasan muchas cosas, eh). Para personas que  preferimos las cifras relativas sobre las cifras absolutas el título más adecuado de esta opinión de un guiri sería: 9,09%. ¿Sabes qué? Empiezo de nuevo.

9,09%

Vivo ahora 9,09% de mi vida en El Bierzo. Quizás no es exactamente la verdad, porque a veces vuelvo a Holanda para trabajar allí unas semanas, pero al otro lado estuve aquí muchas veces antes de 2009. Unos 9% serán.

Hace cinco años, cuando el amor me hacía venir a Ponferrada, tenía una impresión muy positiva de España, por cierto el país dónde me gustaba pasar mis vacaciones y dónde la vida parecía ser buena. Esta impresión positiva no se ha cambiado, pero ahora sí está más estratificada. Mi vista de España era coloreada rosa por mis viajes en los años 80, cuando España acabó de liberarse de muchos años de dictadura, por lo cual había un ambiente de apertura, curiosidad y esperanza. Visiblemente España se ha vuelto más próspera desde entonces, pero la crisis acabó con la idea que el futuro solamente será mejor. Algunos españoles parecen haber llegado a un estado de depresión colectiva. Una vecina que una mañana encontré en el ascensor  y que saludé con un quizás algo obligatorio ‘Hola, ¿qué tal?’ expresó el ánimo de crisis con su respuesta: ‘¿Qué voy a decir? ¡No hay remedio!’ Variantes de esta manera poca animada de reaccionar son: ‘Estamos todos condenados’ o ‘Estamos vendidos.’  La verdad es que la crisis y el mundo que cambia tan rápidamente también han afectado al estado de ánimo de Holanda. Por eso, la imagen de Holanda como país moderno y progresista ya se está cambiando en la imagen de un país de xenófobos y machacones neoliberales.

Pues bien, como ya dije, en general mi impresión de España como país agradable para vivir o visitar se ha mantenido ilesa. Las noticias negativas sobre los casos de corrupción en la prensa están más que compensadas por la gente decente y honesta que he encontrado aquí. Por mis clases conocí a muchos bercianos interesantes y amables. Cuando damos por la tarde una vuelta por el casco histórico de Ponferrada, ya encuentro a más conocidos que en cualquier sitio en Ámsterdam, con excepción quizás de los campos de fútbol de mi querido club afc TABA.

Parece que estoy aquí para quedarme. Desde luego, de vez en cuando vuelvo a Holanda para ver la familia y mis amigos, y para expresarme tan fácilmente en mi propia lengua y para echar de menos al Bierzo casi inmediatamente. La vida es buena aquí. Y quien sabe, si llegaré a ser 100, puedo lograr el 50% de mi vida en El Bierzo. Es una apuesta loable.


sábado, 28 de junio de 2014

Ir con bici en Ponfer



Lo que quizás más echo de menos de mi anterior vida en Ámsterdam es moverme con la bici por la ciudad. Si, desde luego dispongo de un MTB con la cual hago de vez en cuando excursiones de extraordinaria belleza por los montes bercianos. Pero esto es hacer deporte. Hace unas semanas fui con mi bici de visita a una familia en el pueblo Orbanajo para tomar un café. El sudor goteaba de mi frente en mi taza. No pudo inclinarme hacia atrás en mi silla por miedo de ensuciar el respaldo. Me era claro que la bicicleta no era el medio de transporte más propio para ir de visita a un pueblo en el monte.

Pero en la ciudad es diferente. Ponferrada es pequeña, que significa que casa casi todo es alcanzable a pie. Solamente hacia el oeste la ciudad se ha alargado y anexionó diferentes pueblos. Allí también está Fuentes Nuevas, una vez un pueblo, ahora el barrio de Ponferrada donde está el hospital. Al hospital viajaba a menudo los últimos meses, lo que solía hacer con autobús. Es una conexión bastante bien, casi todos los autobuses van al hospital, aunque a veces perdí el último bus por lo que tenía que andar a casa. La MTB no utilicé porque me faltaba una cerradura y me han asegurado que también en Ponferrada dejar un mountain bike en la calle no es seguro. Porque me gusta tanto ir con bici, a veces alquilo una.

Alquilar una bici es gratis utilizando la Tarjeta Ciudadana. Se trata de bicis pequeñas sin machas o cerradura. Las marchas no hacen falta en Ponferrada, vale, como mucho si quieres subir al casco histórico. Si tienes mala suerte no es posible subir la silla, por la cual un holandés de altura media llega con las rodillas encima del manillar. Pues bien, no se trata de ganar ninguna competición de belleza, se trata de llegar a algún sitio. Esto tampoco resulta fácil. Los puntos de recogida y devolución de las bicis están distribuidos de manera ilógica. Si de veras quieren promover el uso de estas bicis como medio de transporte se necesita poner puntos cerca de la biblioteca, la universidad, el hospital, la estación de Renfe, el ayuntamiento y el centro comercial.  Sin embargo, la mayoría están demasiado cerca unos de otros, con uno en el barrio (una vez pueblo) Cuatro Vientos, no demasiado lejos del hospital. Esto utilizaba para cubrir al menos un parte de la distancia entre casa y hospital.

Lo que también llama la atención cuando se va con bici por Ponferrada es la extraña planificación de los carriles. Ir con bici en la carretera puede resultar peligroso. Los otros participantes del tráfico no están acostumbrados a bicis. Conducen rápido en carreteras estrechas y después de aparcar abren las puertas del coche sin mirar hacia atrás. Hay carriles para bicis pero parecen no ir a ningún sitio. Uno va alrededor del amplio pabellón de deporte. Otros de pronto terminan en un parque. Los carriles son para ir de bici por placer, no para ir al trabajo, hacer compras, salir o ir de visita.
  
Pero quizás todo cambiará. El Ayuntamiento quiere poner Ponferrada en el mapa como ciudad de bicicletas. ¿La razón? El mundial de ciclismo, que tiene lugar en septiembre. Parece que este evento genera expectativas altísimas, como si pudiera sacar a Ponferrada de la crisis económica. Lo dudo, la verdad. Por casualidad me enteré que en 2012 el mundial tuvo lugar en Holanda, en la provincia de Limburgo. ¿Quién en el mundo se daba cuenta de esto, con excepción de los habitantes de esta región? Pues bien, quizás ahora se trabajará seriamente en hacer Ponferrada más accesible para bicis. El alcalde ya está visto varias veces sobre una bici, al menos cuando había fotógrafos de la prensa cerca. Es un comienzo. En mi juventud (estamos hablando de los años setenta) participé en algunas manifestaciones para demandar que el centro de Ámsterdam fuera libre de coches. Esto nunca pasó. Pero quién sabe, quizás mi sueño juvenil se va a cumplir. ¡¡Ponferrada, libre de coches!! 
 



Izquierda: bici de alquiler
Abajo: alcalde en bici

Manifestación en Ámsterdam en los años 70

viernes, 13 de junio de 2014

Otra vez el hospital

Últimamente pasé otra vez bastante tiempo en el hospital. Aquí es costumbre que al menos un miembro de la familia o un amigo pasa todo el día al lado de la cama del paciente como acompañante. Muchos de estos acompañantes se quedan a dormir, por lo cual se puede desplegar una silla para que tenga alguna semejanza a una cama. Además hay los visitantes usuales que vienen durante el día. Aunque nunca hay más que dos pacientes en una habitación, las habitaciones suelen llenarse bastante, sobre todo por la tarde. Una familiar mía estaba en una habitación con una mujer de un pueblo cerca de la frontera de Galicia. Por los tardes venían los paisanos mayores, a veces cinco de ellos a la vez. Hablaban de la cosecha de las patatas y berzas, cuando será el momento que las cerezas están maduras e intercambiaban otros datos de interés de la vida agraria. Aquí la gente mayor de los puebles está muy vinculada con la tierra, el tiempo y la naturaleza. En un momento dado un paisano nos miró preocupado que me hacía pensar que se iba a disculpar por hablar con la voz tan alta. ‘Perdónanos que hablamos gallego; debéis no entender nada’, dijo. ‘No se preocupe, lo entendemos un poquitín,’  le aseguramos.

Durante mis visitas me preguntaba muchas veces qué pensaría el personal de tantos visitantes y acompañantes. El trabajo de los enfermeros ya es muy duro. Por los recortes solamente crecerá la presión laboral. A un lado los acompañantes de los pacientes pueden ser un apoyo. Ayudan a los pacientes a las horas de comer, llenan botellas con agua, los sostienen hacia los baños. Al otro lado, creo que si yo fuera enfermero consideraría los visitantes como obstáculos. Cada vez que necesitan limpiar o tratar a un paciente, los enfermeros deben pedir a los visitantes que por favor salgan de la habitación. En los corredores del hospital se forman reuniones informales de familiares y amigos en los cuales se intercambian los detalles de las más diversas enfermedades y tratamientos. El personal se ve forzado de zigzaguear los carritos con medicinas o comida alrededor de los visitantes para llegar a los pacientes. Lo hacen sin ninguna queja; estarán acostumbrados y, como dicho, quizás consideran los visitantes como un alivio y no como una molestia. Ya varias veces, cuando salimos del hospital, aseguré a mi mujer que, cuando una vez estaré en el hospital como paciente, que no quiero que haya visitantes aburriéndose todo el día al lado de mi cama. Hora de visita entre las 5 y las 7 de la tarde y además nada. Sí, lo admito, soy un típico individualista del norte.

Otra cosa que me sorprendió. Una mañana entró en la habitación una persona con el uniforme blanco del hospital que con una alegría fuera del lugar empezó a dar ánimos a los dos pacientes. ‘¡Buenos días! ¡Ya tienes un mejor aspecto!’ mintió a uno y le golpeaba en la mejilla. Después iba al otro paciente. ‘¡Ayer ganó Real Madrid la Copa de Campeones!’ ‘Soy de Atleti’, gruñó el paciente. Cuando el hombre había salido de la habitación pregunté: ‘¿Quién era este doctor hiperactivo?’ A pesar de las circunstancias los otros presentes reían. ‘Es uno de los curas,’ explicaron, ‘que trabajan aquí en el hospital.’ ‘¿Pero no es un hospital público?’ pregunté con incredulidad.

Una tarde, cuando estuvimos sentados en una sala común, una enfermera nos acercó con una petición para firmar. Nos explicó que este verano el hospital quiere cerrar una planta con 36 camas. Presuntamente es una medida temporal, pero esto ya habían dicho en otra ocasión y aquella planta nunca más se abrió. Sin ninguna vacilación firmamos la petición, y la deseábamos mucha fuerza con la protesta y con su trabajo tan duro y necesario.



miércoles, 14 de mayo de 2014

La calle un camping


La primera vez que nuestra calle parecía un camping era ya hace ocho años. Todavía vivía en Ámsterdam y había viajaba en tren hacia Ponferrada después un recorrido con mis amigos holandeses por los pirineos. El tiempo de verano nos convenció a Ana y mí de ir a acampar en la costa de Galicia. Mis amigos holandeses solían llamar la tienda que llevaba en mi mochila the body bag (la mortaja), una palabra que se oía entonces frecuentemente en las noticias. Esta calificación era exagerada, desde luego, pero me parecía que nuestro tierno amor merecía una tienda de un formato un poco más amplio. Por suerte Ana tenía una vieja tienda en el trastero, que yo iba a montar en el césped en la calle para ver si la tienda estaba completa e intacta. De vez en cuando la cara sonriente de Ana se mostraba sobre la barandilla de la terraza para ver que tal progresaba, después del cual mostré mi pulgar para qué ella pudiera continuar cocinar una comida berciana deliciosa. En un momento dado un coche paró en la calle, la ventanilla bajó y una voz hosca me preguntó: ‘¿De veras piensas que puedas acampar aquí en medio de la calle?’ No esperó mi respuesta, la ventanilla subió y el coche se marchó, antes de que pudiera decir: ‘Efectivamente. ¿Usted sabe dónde están los servicios?’

La segunda vez que nuestra calle parecía un camping era la semana pasada, cuando mi buen amigo Freek y su hijo Ysbrand pasaban unos días en nuestra casa. Después de vivir ya casi cinco años en Ponferrada, el sentido de estar permanentemente de vacaciones que me había acompañada por estos años me parecía abandonar lentamente. Hay un momento que también lo más extraordinario parece normal: por la mañana antes de todo ver por la ventana si todavía hay nieve en los picos de los Montes Aquilianos, el canto de los verdecillos en los árboles que anuncian la primavera, el agua del Río Sil que nunca cesa de correr. Pero exactamente como me había pasado en Ámsterdam, una visita de amigos del extranjero me hacía consiente de la riqueza cultural y natural de mis alrededores cotidianos.

Ya empezó con la alegría anticipada. La noche antes de su llegada el mapa del Bierzo estaba en la mesa. ¿Dónde se puede ir con un padre y su hijo de seis años? La cascada cerca del pueblo Cantejeira, el castillo templario Cornatel, Las Medulas para buscar oro, el pueblito con el extraño nombre Colinas del Campo Martin Moro Toledano porque ahí en la montaña andan los osos y los lobos. Todas estas excursiones hacíamos por la mañana, seguidas por una comida amplia en unos de los restaurantes bercianos. Les gustó mucho el caldo berciano, los pimientos asados, los tigres (que deben ser exportados a Holanda cuanto antes), la tarta de queso, la leche frita. Después de estas comidas volvimos a Ponferrada dónde nos esperaba la actividad más divertida: jugar fútbol. Para esto no fuimos a uno de los parques, no, jugábamos aquí abajo, en la placita entre los pisos. Quizás es la plaza más fea de todo Ponferrada (y esto significa muy fea), pero la fantasía de un niño es capaz de convertir los pisos en un estadio lleno de un público entusiasmado. Además había la atracción de la fuente con la cascada de imitación, en la cual inevitablemente el balón llegó a flotar, y se necesitaba balancear sobre el borde para pescarlo. Hacía calor, aquellos días, por lo cual de vez en cuando necesitamos beber algo. Esto hacíamos en la terraza de Café Galápagos al otro lado de la calle, dónde a veces mis suegros también toman algo. Estas tardes, cuando anduve con mis amigos Freek y Ysbrand con el balón debajo de su brazo a la terraza de Galápagos, dónde mi mujer y mis suegros ya nos saludaron con las manos, la calle volvió a ser un camping.


Buscando osos y lobos

viernes, 25 de abril de 2014

Aparcar en Ponferrada



Es un hermoso día primaveral. Ando hacia la parada del autobús en frente del bar Gijón, donde suelo ver los partidos de fútbol. Mientras estoy mirando hacia el principio de la Avenida si llega mi autobús, veo a Pepe acercándose a mí. Ningún idea porque los españoles siempre llaman Pepe a los Josés, pero les sigo. Pepe se puede caracterizar con las palabras: viejo hippie. El pelo largo, la ropa no exageradamente cuidada, ojos que claramente vieron los años sesenta desde muy cerca. Pero es una persona culta y muy civilizada. Nos encontramos a menudo porque los dos somos hombres callejeros y casi siempre cuando nos vemos Pepe empieza un discurso sobre el arte. Es un experto de la literatura, la música, el cine y el teatro. Muchas veces me habla sobre holandeses famosos, Van Gogh, Rembrandt, Focus (un grupo de música de los años setenta), probablemente para acariciar mi orgullo nacional. Pero también sobre diversas artistas españoles puede llenar una hora sin ningún problema. Al principio tenía la impresión que antes de salir de la casa se ha memorizado un discurso, pero ahora estoy convencido que Pepe sabe todo los datos de memoria. Debe ser que los vecinos muchas veces se preguntan de qué demonio este viejo hippie con el pelo largo y este guiri sin ningún pelo están hablando todo el tiempo.

Pepe para en frente de mí y empieza: ‘Hola estimado amigo del norte, acabé de leer un libro de unos de estos autores que la mayoría de la gente no conoce pero que sin embargo tenía un papel muy ………’ Mientras Pepe continúa sobre el autor cuyo nombre nunca he oído en mi vida, un coche aparca en medio de la parada del autobús. El conductor sale y entra en Café Gijón. Pepe interrumpa su discurso y opina: ‘Somos un pueblo de sinvergüenzas y maleducados.’ Sus largos pelos sacudan por la indignación. Le contradigo: ‘No se puede juzgar un pueblo por el comportamiento de una persona. En Holanda también tenemos muchos golfillos incivilizados.’ Nuestra conversación está interrumpida por la llegada del autobús que por el coche mal aparcado tiene que parar en medio de la calle. Subo, pongo mi tarjeta ciudadana en frente del scanner para pagar y me siento. Mirando por la ventana constato que la manera en que los coches están aparcados en la Avenida de América parece apoyar las opiniones negativas de Pepe sobre sus compatriotas. En cada esquina de las calles hay un coche aparcado, a veces por la mitad sobre el paso de cebra. Sobre todo cerca de correos reina la anarquía: coches están aparcados en medio de la calle; incluso uno está aparcado en la rotonda misma.

Hay holandeses que durante las vacaciones aprecian mucho la supuesta anarquía del tráfico en los países mediterráneos. Tienen la idea romántica que allí la gente no se preocupa tanto por las reglas. Qué todo se arregla con tranquilidad y naturalidad. Pero no es así. Los coches mal aparcados molestan a la mayoría de la gente, porque de veras causan situaciones peligrosas. Si quieres ir por la Avenida de América desde una calle lateral, no se puede ver nada por los coches mal aparcados en las esquinas.

No se trata de una diferencia de la mentalidad. Recuerdo como en los años setenta ir con bicicleta por Ámsterdam solía ser peligroso por las complicadas situaciones de tráfico y los coches aparcados por todos lados. Todo cambió por las normas y los guardias de tráfico. Reglas no solamente tienes que crear sino también que mantener. En la Avenida de América nunca vi a la policía de tráfico. Si ellos vinieran en un día laboral a este barrio para dar multas, el ayuntamiento de Ponferrada tendría el presupuesto del 2014 arreglado. Aunque temo que esto solamente sería a corta plaza. Después todo el mundo observaría las reglas minuciosamente. 
 En frente de Correos

Coche de la autoescuela aparcada en una rotonda

domingo, 30 de marzo de 2014

El castellano, una lengua mundial



En las listas de las lenguas más habladas del mundo el número uno es sin ninguna duda el Mandarín, que sobre todo se habla dentro de China. La dura lucha entre bronce y plata es entre el inglés y el castellano. El uso del castellano está creciendo, sobre todo porque está conquistando a los EEUU. Muchos españoles deben esperar con ansiedad el momento que el castellano sustituya al inglés como lengua más importante en internet, la ciencia, el mundo diplomático y el entertainment. Al fin podrían acabar con estos cursos de inglés en tantas academias o con profesores privados. Más aún, si el castellano supiera sacar del trono al inglés como lengua internacional, esto tendría muchas ventajas económicas para España. Los españoles podrían trabajar en todo el mundo como docente, las editoriales verían crecer sus ventas de libros de lengua considerablemente y desde todo el mundo todavía más personas que ahora vendrían a España para aprender la lengua. 

¿Pero es el castellano de veras apto para ser la lengua más importante del mundo? Desde luego que sí, sobre todo en comparación con el inglés. El inglés tiene un gran problema: su ortografía absurda. Es una lista conocida: to, two y too. Tres veces se dice el mismo, pero se escribe algo diferente. Peor aún: tough, though, through. (Se dice más o menos tof, do y zru) No es nada claro cómo se debe pronunciar la combinación de las letras ough. Una ortografía sin reglas claras es una barrera innecesaria para lo que sirve la lengua escrita: intercambiar ideas y sentimientos. 

¿Y el castellano? La ortografía del castellano es completamente lógica, una vez que se acepta las reglas, que en si mismas, como en cada lengua, son absurdas. Esta por ejemplo: el acento siempre está sobre la última sílaba con excepción de las palabras que terminan en una ‘s’, ‘n’ o una vocal en cuyo caso el acento está en la penúltima sílaba. Suena complicado pero en todo caso, señoras y señores anglohablantes, se mantiene esta regla. Excepciones llevan una tilde para indicar donde cae el énfasis. En Holanda se celebra cada año en la televisión el ‘dictado nacional’, una competición de  ortografía que normalmente gana un belga (los flamencos son los puristas de la lengua holandesa). Algo semejante sería imposible en España porque habría demasiada gente que lo haría sin errores si el lector del texto articula claramente. Si por ejemplo un guiri como yo leyera el texto, habría algunos dudas (¿Qué dice? ¿Dos? ¿Doce?).  

La ortografía del castellano está en las manos seguras de la Real Academia Española. Hace poco introducían una reforma en la cual cambiaban, entre otras cosas, el nombre del país Qatar en Catar. Vale, en el castellano una palabra nunca empieza con una ‘q’ sin que siga después una ‘u’ y esto solamente cuando la tercera letra es una ‘e’ o una ‘i’. ¿Es completamente lógico, verdad? Por eso la RAE cambiaba el Qatar en Catar, lo que generó muchísimas críticas, entre otros de uno de mis favoritos autores: Javier Marías. Pero esta vez no estaba de acuerdo con él. ¡Qué se mantiene las reglas de la ortografía! Si no, se cree monstruos ortográficos como el inglés y el holandés.

¿No tiene el castellano desventajas? Desde luego que sí. Todas estas tildes y otras cositas encima de las letras hacen la lengua difícil de utilizar en ordenadores y móviles. Además hay unos problemitas pequeñitos. ¿Españoles, por qué decís de un vino que tiene 14 grados? La primera vez que lo oía, de veras me pregunté: ‘¿Cómo  pueden saber tan exactamente la temperatura? Pero ahora yo también digo grados al porcentaje del alcohol.

Pero la reforma más importante que propongo es la siguiente. Normalmente los actos diarios son representados por verbos cortos: dormir, comer, hablar, beber. ¿Entonces, estimados miembros de la RAE, por qué no inventáis un verbo corto para un acto tan sencillo como mover con la cabeza afirmativamente? Si los libros en castellano de media son más voluminosos que en otras lenguas, seguramente es porque los personajes mueven todo el tiempo con la cabeza afirmativamente en vez de que nod como hacen en los libros en inglés. Es un movimiento muy común. Estoy casi seguro de que en este momento el lector está moviendo con la cabeza afirmativamente por estar de acuerdo con esta opinión de un guiri.