domingo, 30 de marzo de 2014

El castellano, una lengua mundial



En las listas de las lenguas más habladas del mundo el número uno es sin ninguna duda el Mandarín, que sobre todo se habla dentro de China. La dura lucha entre bronce y plata es entre el inglés y el castellano. El uso del castellano está creciendo, sobre todo porque está conquistando a los EEUU. Muchos españoles deben esperar con ansiedad el momento que el castellano sustituya al inglés como lengua más importante en internet, la ciencia, el mundo diplomático y el entertainment. Al fin podrían acabar con estos cursos de inglés en tantas academias o con profesores privados. Más aún, si el castellano supiera sacar del trono al inglés como lengua internacional, esto tendría muchas ventajas económicas para España. Los españoles podrían trabajar en todo el mundo como docente, las editoriales verían crecer sus ventas de libros de lengua considerablemente y desde todo el mundo todavía más personas que ahora vendrían a España para aprender la lengua. 

¿Pero es el castellano de veras apto para ser la lengua más importante del mundo? Desde luego que sí, sobre todo en comparación con el inglés. El inglés tiene un gran problema: su ortografía absurda. Es una lista conocida: to, two y too. Tres veces se dice el mismo, pero se escribe algo diferente. Peor aún: tough, though, through. (Se dice más o menos tof, do y zru) No es nada claro cómo se debe pronunciar la combinación de las letras ough. Una ortografía sin reglas claras es una barrera innecesaria para lo que sirve la lengua escrita: intercambiar ideas y sentimientos. 

¿Y el castellano? La ortografía del castellano es completamente lógica, una vez que se acepta las reglas, que en si mismas, como en cada lengua, son absurdas. Esta por ejemplo: el acento siempre está sobre la última sílaba con excepción de las palabras que terminan en una ‘s’, ‘n’ o una vocal en cuyo caso el acento está en la penúltima sílaba. Suena complicado pero en todo caso, señoras y señores anglohablantes, se mantiene esta regla. Excepciones llevan una tilde para indicar donde cae el énfasis. En Holanda se celebra cada año en la televisión el ‘dictado nacional’, una competición de  ortografía que normalmente gana un belga (los flamencos son los puristas de la lengua holandesa). Algo semejante sería imposible en España porque habría demasiada gente que lo haría sin errores si el lector del texto articula claramente. Si por ejemplo un guiri como yo leyera el texto, habría algunos dudas (¿Qué dice? ¿Dos? ¿Doce?).  

La ortografía del castellano está en las manos seguras de la Real Academia Española. Hace poco introducían una reforma en la cual cambiaban, entre otras cosas, el nombre del país Qatar en Catar. Vale, en el castellano una palabra nunca empieza con una ‘q’ sin que siga después una ‘u’ y esto solamente cuando la tercera letra es una ‘e’ o una ‘i’. ¿Es completamente lógico, verdad? Por eso la RAE cambiaba el Qatar en Catar, lo que generó muchísimas críticas, entre otros de uno de mis favoritos autores: Javier Marías. Pero esta vez no estaba de acuerdo con él. ¡Qué se mantiene las reglas de la ortografía! Si no, se cree monstruos ortográficos como el inglés y el holandés.

¿No tiene el castellano desventajas? Desde luego que sí. Todas estas tildes y otras cositas encima de las letras hacen la lengua difícil de utilizar en ordenadores y móviles. Además hay unos problemitas pequeñitos. ¿Españoles, por qué decís de un vino que tiene 14 grados? La primera vez que lo oía, de veras me pregunté: ‘¿Cómo  pueden saber tan exactamente la temperatura? Pero ahora yo también digo grados al porcentaje del alcohol.

Pero la reforma más importante que propongo es la siguiente. Normalmente los actos diarios son representados por verbos cortos: dormir, comer, hablar, beber. ¿Entonces, estimados miembros de la RAE, por qué no inventáis un verbo corto para un acto tan sencillo como mover con la cabeza afirmativamente? Si los libros en castellano de media son más voluminosos que en otras lenguas, seguramente es porque los personajes mueven todo el tiempo con la cabeza afirmativamente en vez de que nod como hacen en los libros en inglés. Es un movimiento muy común. Estoy casi seguro de que en este momento el lector está moviendo con la cabeza afirmativamente por estar de acuerdo con esta opinión de un guiri. 

viernes, 21 de marzo de 2014

Chupar agua

Lo que hace la vida de un guiri holandés en El Bierzo bastante agradable es que casi todos los productos alimenticios son de mejor cualidad. Pues bien, algunas delicatessen como chucrut, arenque crudo y anguila ahumada, no se puede obtener en El Bierzo, lo que significa que durante mis visitas a Holanda las como como un loco. Por ejemplo, cada supermercado en Ponferrada tiene un departamento de pescados y mariscos que en Ámsterdam solamente se puede encontrar en las tiendas especializadas o en un mercado multicultural. Lo mismo se puede decir de la carne y de los embutidos. Muchos carniceros holandeses se pondrían envidiosos si vieran lo que ofrece un sencillo supermercado del barrio como El Árbol aquí abajo en la calle. También la fruta y las verduras son, en general, de mejor cualidad en El Bierzo. Esta diferencia se puede atribuir al mejor clima para cultivar fruta y verduras, o al hecho que en España hay mucho más sitio para criar animales de una manera extensiva. Pero creo que la diferencia tiene sobre todo su origen en la consciencia de la gente de la cualidad de los ingredientes. De comestibles tan sencillos como garbanzos o alubias quieren saber de qué región vienen y de que variedad se trata. De la carne y del pescado quieren saber cómo el animal estaba criado o dónde estaba capturado, hasta lo que el animal había comido.

¿De veras no hay nada que es mejor en Holanda? Muchos españoles pensarán que voy a mencionar el famoso queso, el Gouda o Edam. Nada de eso. Prefiero los quesos españoles por la diversidad y el sabor. Hace años, cuando solía visitar España como turista, echaba a veces de menos un sándwich integral. En España solamente solían vender pan blanco, normalmente de buena calidad, pero sin las fibras tan necesarias para el viajero. Pero hoy día la panadería también ofrece un pan de no sé cuántos granos, o pan con nueces y pasas. Además descubrí el pan gallego, que es una maravilla. ‘Pero al menos nuestra leche debe ser mejor, pensarán algunos lectores holandeses desesperadamente. La mayoría de los españoles utilizan sobre todo leche caliente para mojar sus galletas. Por eso utilizan una leche ultrapasteurizada. No es un placer beber un vaso de esta leche. Pero hay luz al final del túnel. Hoy día los supermercados ofrecen leche fresca que de veras se debe conservar en la nevera.

Quizás hay solamente un solo producto que es mejor en Holanda que en España. No es un producto sin importancia. Es el agua del grifo. El agua aquí tiene un saborcito malo. Es un saborcito de cloro o alguna otra substancia química. Cuando sale del grifo el agua es turbia, lo que desaparece después de un rato. Por eso la gente pone el agua una hora antes de comer o cenar en una jarra en la nevera. Muy fría se nota el sabor químico menos. Hay los que ponen trocitos de limón en el agua para mascar el sabor. Hay los que están dispuestos de conducir a las fuentes en la montaña para llenar grandes botellas de plástico con agua pura. Pero la mayoría de la gente compra el agua en botellas en los supermercados.

No sé cuál es la razón para la mala calidad del agua del grifo en Ponferrada. Se utiliza el agua del río Sil, que se recoge del pantano arriba de la ciudad. La calidad de esta agua no puede ser peor que la del agua de los ríos holandeses, que pasan por una de las regiones más pobladas e industrializadas de Europa. Con una inversión relativamente pequeño debe ser posible ofrecer agua del grifo de una calidad aceptable. Hay muchas ventajas. Si en este momento todos los habitantes de Ponferrada beben los por los especialistas recomendados dos litros de agua en botellas del supermercado, esto genera 68.000 habitantes x 2 botellas x 365 días = 49.640.000 botellas por año, lo que forma un basurero considerable. Aunque la verdad es que también hay holandeses que compran botellas de agua. Yo no. Casi no puedo esperar hasta mi próximo viaje a Holanda. ¡Cómo voy a chupar agua del grifo! 


martes, 25 de febrero de 2014

Caras ocultas


Vivimos en tiempos en los cuales lo personal parece cada vez ser más público, Si, lo admito, yo también participo en esta tendencia. Tengo mis perfiles en la red, en Linkedin y en Google+. Yo también comparto fotos, videos o lo que sea en Facebook, y todo el mundo puede leer en este blog mis aventuras como inmigrante holandés en El Bierzo. Podemos concluir: mi vida, mi cara, como las de tantos otros, no están exactamente escondidas.

También en la televisión se ve cada vez más los detalles de la vida personal de personas famosas o no tan famosas en los Reality Shows como Gran Hermano, el cual, por cierto, es un invento holandés que hemos exportado a todo el mundo (y lo digo sin ningún orgullo). En la televisión pública española han sustituido Amar en tiempos revueltos, mi novela favorita que utilizaba para mejorar mi español, por un programa que huele mal: Entre Todos. En este programa se puede ver personas que hablan sobre sus fuertes problemas económicos, físicos o psicológicos para pedir ayuda financiera al público. Los donantes pueden llamar y así mostrar a toda España su altruismo. No sé si Entre Todos es peor que Gran Hermano, pero también para este programa preveo un gran futuro como artículo de exportación.

Hasta en las noticias de la televisión pública veo a veces una falta de respeto hacia la privacidad. Muestran sin escrúpulos las caras de los sospechosos de diferentes crímenes, tanto de los supuestos corruptos como de los supuestos asesinos. Esta tendencia tocó fondo cuando las noticias mostraban como un sospechoso de haber asesinado a sus dos hijos tenía que mostrar a la policía y un juez como había pasado su última tarde con los niños en el parque infantil. Se veía como el hombre, claramente con una grave enfermedad psicológica, andaba por el parque y declaraba a la policía lo que había hecho. Era televisión sensacionalista que no mostraba ninguna consideración por la profunda tristeza de la situación.

Al otro lado hay caras que siempre están escondidas en la televisión española. En primer lugar las caras de las fuerzas de seguridad, lo que parece lógico en un país con una historia tan larga de terrorismo de la ETA. También noté que en las noticias de la televisión apenas se muestran las caras de los niños. Exactamente como las de los miembros de la policía sus caras aparecen irreconocibles vagas. Debe ser por miedo de alguna manipulación de las imágenes por un pederasta que los niños que aparecen en la televisión llevan esta burka digital.

Los que menos muestran sus caras en la televisión son los políticos. Literalmente se ve sus caras a menudo, desde luego. Se ve sus caras sonrientes cuando están en alguna conferencia, sus caras cuasi enfadadas cuando hacen un discurso en lo cual dan la culpa de todos las problemas al otro partido y, cada vez más, sus caras con unas gafas del sol cuando entran o salen de un palacio de justicia. Pero además no muestran su cara. En la televisión existe una sensibilidad por no ofender a los políticos y no confrontarlos con preguntas directas, lo que contraste mucho con la manera en que la gente de quién no quieres saber nada pueden gritar todo lo que piensan. Nunca vi a un periodista hacer preguntas directas a Rajoy sobre los casos de corrupción en su partido. Cuando hay una entrevista con un político importante se percebe claramente que el político ya había visto y dado su acuerdo a las preguntas. El colmo era una entrega del programa Informe Semanal que vi en febrero (ve lo AQUI). Tenían un tema sobre el PP en las elecciones europeas, en la cual los políticos pudieron decir lo que querían decir, lo que desde luego no es malo, pero en el cual no había ninguna pregunta crítica y, lo más sorprendente, en el cual la palabra ‘corrupción’ no se pronunciaba ninguna vez. Parecía más a propaganda de un partido político que a una obra periodística y todo esto hecho con dinero público, lo que en sí mismo ya es una corrupción grave, por lo cual los políticos responsables deberían mostrar sus caras. 


domingo, 9 de febrero de 2014

La pérdida de una pasión


Creo que lo noté por la primera vez en noviembre, cuando pasamos unos días en la provincia Soria para disfrutar de la temporada de las setas. Comimos las setas en los más variados platos, tanto en los restaurantes especializados como en los bares populares dónde las ponían como pincho. En uno de estos bares ocurrió. Era un sábado. A nadie sorprendería que en el bar estuviera puesta la televisión con un partido de fútbol. Estábamos hablando sobre el gusto de tanta variedad gastronómica en España, cuando, sin quererlo, mis ojos fueron atraídos por los movimientos de la pantalla. Era uno de estos partidos importantísimos que no se debe perder: Getafe contra Levante. Y en este momento dije a mi mujer: ‘Creo que no más me gusta el fútbol.’

Desde luego tenía un gran impacto esta confesión, que puedo haber hecho en un momento de debilidad, generado por pasar demasiado tiempo en bares, como suele ocurrir cuando te alojas en un hostal. Las comidas, las cenas, los cafés, los tés, los aperitivos, los digestivos (bastante importantes si comes setas), descansar después de andar mucho, para todo eso tienes que ir a algún bar o restaurante dónde, como ya dicho, casi siempre está presente una televisión con algún partido. Fue en Soria donde algo fundamental cambió en mi vida. Pasaba el mes de diciembre en Holanda y noté que tampoco me interesaban esos partidos de los clubs holandeses de los cuales ya no más conocía los jugadores. De vuelta en Ponferrada vi en los bares algunos de los supuestamente mejores partidos de la liga. Pero me cansaba el ticky-tacky de Barcelona, los tiros de Cristiano Ronaldo, el espíritu del equipo de Atlético. Y sobre todo me cansaba el follón agresivo por una decisión del árbitro, tanto en el campo como en el bar mismo, dónde el fanatismo a veces me da miedo.

El porqué de tanto fútbol en la televisión y en la radio es obvio. Se trata de un deporte carísimo. Millones de euros cuestan los jugadores. Por eso nunca hay dos partidos a la vez; así se puede mostrar más anuncios, lo que significa más ganancias. Podemos disfrutar de los partidos desde el viernes hasta el domingo medianoche. Si tenemos suerte esto se repite los martes, miércoles y jueves si juegan otra vez en el Champions League, la Copa del Rey o lo que sea. No solamente esta sobredosis me robaba mi pasión. También los líos de los jugadores y sus managers con los impuestos me repugnaban. El dinero fácil de fútbol atrae a personas casi mafiosas, que hasta logran ser presidentes de los clubs.

Echaré de menos al fútbol, que siempre era bastante importante para mí. En Ámsterdam jugaba en un equipo de amigos durante más de 25 años. Cuando venía a vivir en Ponferrada busqué un equipo parecido, pero no podía encontrar uno. Una vez fui a ver un equipo en el cual jugaba un vecino. Después de 5 minutos ya llegué a la conclusión: este nivel es demasiado alto para mí. Parece que en España no se juega mal. En los parques de Ponferrada no se ve nunca torpes partidos de fútbol entre adultos con los abrigos puestos en la hierba como postes de gol, como es costumbre en los parques de Ámsterdam y tantas otras ciudades. Perdí el fútbol activo. Y mirar como otros juegan, aunque sea tanto mejor, no más me interesa.

¡Pero esto no puede ser! ¿Si yo ya pierdo mi interés por el juego, cómo será con tantas personas que nunca habían tocado un balón con los pies en su vida? Imagínate que todos vamos a pensar que el fútbol es nada importante, que solamente es un juego, que lo importante no es ganar sino participar, que fútbol no es para mirar sino para hacer. Esto será el fin de un sector en el cual se mueve muchísimo dinero. Pasará lo que pasó en el sector inmobiliario: la burbuja explotará. Será otro desastre económico al nivel mundial. Esto no puedo cargar sobre mi conciencia. Pues, iré a ver tantos partidos como pueda. Gritar ‘¡Hijo de puta!’ por las decisiones de los árbitros. Murmurar ‘Este tío tiene razón’ cuando un jugador o entrenador dice las barbaridades habituales en una entrevista. Leer El Marca cuando tomo un café. Será un gran sacrifico personal, pero lo haré por el interés general. Es mi obligación civil.

sábado, 18 de enero de 2014

¡Qué España sea diferente!

Uno de los pocos problemas de ser un holandés en Ponferrada es que a veces la gente piensa que todo lo que hago es típico holandés. Cuando por ejemplo ando media hora hacia alguna cita, siempre hay un Berciano que comenta: ‘Si, desde luego, sois un pueblo muy deportivo y activo’, como si no hubiera muchos holandeses que exclusivamente se mueven con coche. Situaciones iguales hay cuando hablamos de política, economía o la vida social; muchas veces piensan que mi opinión es típica holandesa, como si en Holanda las opiniones no son al menos tan variadas como las en España. Algo semejante pasa cuando hablamos de la comida. No soy exactamente gordo. Más bien delgado es lo que soy y siempre seré. Ya había algunas ocasiones en las cuales tenía que explicar los horarios de la comida en Holanda, que son como los horarios en la mayoría de los países del norte: una desayuna buena, un ‘lunch’ entre las doce y la una, y la cena alrededor de las siete de la tarde. Explicar esto en El Bierzo resulta a veces en que la gente mira a mi vientre, se mueve la cabeza compasivamente y dicen: ‘Coméis muy poco, eh’, después de lo cual tengo que explicar que en Holanda comemos más que suficiente, que allí también el sobrepeso es un problema más gordo que la flaqueza y que no todos los holandeses son como yo.

La discusión sobre los horarios de comer es en este momento actual. Hay voces que quieren que España se adapte a los horarios de Europa. Esto significaría el fin de las comidas amplias a las dos, las cenas tan tardes y los desayunos de galletas mojadas en café con leche. Me considero a mí mismo de ser una persona bastante flexible con las horas de comida. En Holanda, donde estuve todo el mes de diciembre, comí con mucho gusto en el ritmo holandés mientras ahora, de vuelta en España, me adapto al ritmo español. El viaje de Ámsterdam a Ponferrada dura al menos 12 horas, por lo cual el cuerpo en todo caso se desajusta, lo que hace la adopción a otro ritmo bastante fácil. Pero bien. ¿Qué sería mejor para España? ¿Guardar su propio ritmo, o adaptarse al ritmo del resto de Europa?

Cuando tenía un trabajo para una empresa berciana por lo cual tuve que llamar a empresas alemanes, noté que no es nada práctico tener tanta diferencia. Se debe llamar por la mañana, antes de las doce. Entre las doce y la una los alemanes van a tener su lunch. Después de las dos los Españoles van a comer y descansar para no volver hasta las cinco, que es justamente la hora en la cual los alemanes ya están pensando en irse a casa. Además, hay la cuestión de la productividad laboral. No creo que después de una comida amplia la concentración sea como debe ser. Comer cansa. Una siesta puede ayudar, pero no siempre es posible, por ejemplo cuando el viaje entre trabajo y casa es demasiado largo. Los que sí pueden irse a casa para comer, generan más movimientos de tráfico. El mismo problema existe en las escuelas. Muchos alumnos tienen su comida principal allí, en vez de en su entorno familiar.

Pero lo que temo que pasará cuando España cambie las comidas, es que sería el fin de una manera de vivir. Una manera de vivir en la cual comer (y cenar) afuera es muy normal. El fin de la existencia de mis restaurantes favoritos, con los menús baratos sin que la cualidad sufra demasiado. Lo echaría de menos, cómo tantos de mis colegas guiris que justamente vienen a España de vacaciones para disfrutar de esta cultura culinaria tan atractiva. La vida cotidiana en los países occidentales ya es tan parecida, gracias a la televisión, los móviles e internet. Todos estamos viendo los mismos programas, haciendo las mismas cosas, comiendo las mismas pizzas y hamburgueses. Por favor, que España, al menos en este terreno, siga siendo diferente.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Moverse como una serpiente

Es un día frio en noviembre en Ponferrada cuando ando por la Avenida del Castillo en la dirección del puente sobre el río Sil. Ya oscurece. Tengo unos veinte minutos hasta mi próxima clase inglés; puedo andar cómodamente sin prisa. ¿Qué tal fue la clase que acabé de dar? Nada mal, en mi opinión. Como tema de conversación había escogido un artículo sobre el PISA test (una comparación internacional de alumnos de 15 años) con la idea que esto podría interesar a una profesora de una escuela secundaria. Y así fue. Hablamos ampliamente sobre las diferencias en sistemas de educación en España y Holanda. En España los alumnos de todos los niveles se quedan juntos hasta tienen 16 años y pueden elegir entre educación profesional o el bachillerato. En Holanda la selección viene más pronto; ya cuando los alumnos tienen 12 años y van a las escuelas secundarias con niveles diferentes. Es más fácil para los profesores. ¿Pero también será mejor para los alumnos? Le parecía a mi alumna una buena idea. Las diferencias en nivel frenan a los mejores y presionan a los débiles. También me indicó un fenómeno interesante. Había dado clases tanto en Castilla León como en Andalucía con exactamente el mismo sistema y los mismos libros. No obstante, los alumnos de Castilla León hacen el Pisa test mucho mejor que los de Andalucía. ‘Lo más importante son las diferencias culturales, históricos y económicas,’ me dijo. ‘En Andalucía había muchos analfabetas hasta los años sesenta; esto determina más el nivel que el sistema de educación.’ Estuve completamente de acuerdo.

Son exactamente las seis cuando llamo a la puerta del secundo alumno de esta tarde. Es un chico de unos 12 años con un sorprendente alto nivel de inglés. Nos sentamos a una mesita en su dormitorio y empezamos una conversación en inglés. Le pregunto cuáles son sus asignaturas favoritas. Responde que inglés, desde luego, pero también me muestra con entusiasmo sus libros de las otras asignaturas como lo de química. Veo una página llena de dibujos de botellitas con formas extrañas. ‘Tengo que memorizar los nombres de estas botellas,’ dice. ‘¿Cómo se llama esta, por ejemplo?’, pregunto. Responde con una palabra que olvido inmediatamente. A veces tengo la impresión que la educación en España está más basada en memorizar hechos que en Holanda, donde ‘aprender a resolver problemas’ está de moda. Tuve alumnos en España que sabían hacer ejercicios gramaticales complicados sin ningún error, pero que apenas fueron capaces de hablar una frase de inglés.  Pues, este chico tiene suerte, porque se encontró a un profesor moderno que se conecta con el pensamiento de un joven y sabe utilizar las novedades de los medios sociales. ‘¿Recibiste el enlace al video que te mandé por email?’, le pregunto. Mueve con la cabeza afirmativa. ‘¿Te gustó?’ Niega con la cabeza. Me trago una pequeña decepción. Le había enviado un enlace hacia BBC Learning English titulado PinkPipes in Berlin, en el cual un reportero primero introduce las palabras claves (swamp, snaking, construction site, in the pipeline) y después lee lentamente la noticia sobre tuberías rozas en Berlín. ‘¿Hiciste las preguntas?’ ‘Si, pero no eran muy claras.’ ‘Vale, vamos a empezar. What is snaking?’ Responde con una frase inglés que claramente no es suya y que no puedo entender. ‘¿Me lo puedes repetir?’ pregunto. Repite la frase que ahora entiendo ya un poco más pero que quizás no quiero entender. ‘¿Me dejas leer lo que has escrito?’ Me da su papel y leo:  Snaking is when a female (or male) performs fellatio on a group of men consecutively, then immediately repeats the process in reverse order. ‘Dónde encontraste esto?’ ‘Pues, en internet, pero no entiendo lo que significa (más tarde lo encontraré también en el Urban Dictionary). Prudentemente digo: ‘La verdad es que no es el significado habitual; snaking normalmente significa algo como moverse como una serpiente.’ Con mi brazo imito el movimiento. Rápidamente sigo con pregunta dos: ‘¿Por qué pintaban la tubería roza?’ Cuando hemos terminado pone, como siempre, con su boli verde un rasgo verde debajo de su trabajo, coge una capeta de su estante y archiva el papel detrás de los otros que hemos hecho este otoño. Sigo sus movimientos con inquietud. ¿Habrá alguien que va a leerlo? ¿Su profesora en la escuela? ¿Su madre o padre? ¿Y sería posible que esto influyera su opinión sobre los métodos educativos holandeses negativamente?

Después de la clase voy a la sala dónde el padre está leyendo un libro. ‘¿Qué tal fue? ¿Aprendió mucho?’ me pregunta. ‘Creo que sí; habla bien inglés, pero quizás se puede considerar comprarle un buen diccionario inglés-inglés.’


martes, 26 de noviembre de 2013

Laberinto de lenguas

Como emigrante holandés que da clases de inglés y alemán en España entré en algo que se puede llamar un laberinto de lenguas. Sobre todo cambiar entre diversas lenguas a veces me cuesta. Cuando mi estudiante alemán me preguntó: ‘¿Qué significa billig, no sabía encontrar en mi mente la traducción y tuve que describir la palabra con una frase: ‘es cuando quieres comprar algo que cuesta poco dinero’. ‘¿Ah, barato?’ me dijo un poco asombrado. ‘¡Eso es, barato!’  A veces ni siquiera puedo encontrar la traducción de una palabra en holandés cuando alguien me lo pregunta. A veces temo que voy a perder mi holandés fluido mientras mi castellano sigue teniendo un acento holandés y errores. Se dice que la lengua en que blasfemas es tu lengua principal. Pues bien, ya una vez, cuando choqué mi pierna contra un pie de la mesa, blasfemé efectivamente en español. Al menos, lo probé. Pero nunca había entendido muy bien lo que dicen los españoles exactamente en estas ocasiones y grité: ‘Mi Cabo de la Leche’ en vez de ‘me cago en la leche’, lo que, lo debo admitir, suena un poco más en serio.

 Por experiencia aprendí lo que son los problemas específicos para los españoles cuando hablan los idiomas del norte de Europa. Olvidan muchas veces el sujeto y dicen por ejemplo ‘Is raining’ en vez de ‘It’s raining’. Otro error común es que dicen en inglés he aunque el sujeto es claramente una mujer. En pronunciar tienen los españoles problemas con secuencias de consonantes como en las palabras Street o Spain. Casa todos necesitan un pequeño ‘e’ en frente de la palabra: eStreet y eSpain. Pero quizás lo más difícil es la riqueza de vocales que existen en las lenguas del norte. Sobre todo la diferencia entre vocales largos y cortos puede formar problemas. Para mostrar la importancia  de pronunciar bien las palabras tengo mis ejemplos favoritos: It’s a dirty beach (Es una playa sucia) o Where can I leave the sheet (¿Dónde puedo poner la hoja?) que pronunciadas con vocales cortos suenan como: It is a dirty bitch (perra, pero una palabra fea para una mujer) y Where can I leave the shit (mierda).

La verdad es que mi propio español tiene un reconocible acento holandés. Además de las malditas c’s y z’s en palabras como cerveza, también tengo dificultades con las g’s en palabras como lago o gato. Suenan como un k: lako, kato. Que mi inglés puede padecer de la misma enfermedad lo noté hace unas semanas cuando quedábamos un domingo con un grupo de guiris y bercianos para hacer una ruta desde la casa rural Las Cuatro Estaciones en Espinoso de Compludo. Uno de mis colegas, un native speaker inglés, me llamó el día antes para preguntarme (en inglés) si yo podía traerle un abrigo (a coat) al hostal, porque el querría ir corriendo hasta allí desde Ponferrada. ‘A coat?’, pregunté. De pronto empezó de hablar muy clara y lenta. Yes, a coat. You know? For the rain and the wind. To put on.’ Para seguridad después lo repitió en español: ‘Un abrigo. Para la lluvia y el viento. Para ponerme.’ ‘Yes, a coat, no problem’, respondí. Solamente después de colgar se me ocurrió lo que podía haber pasado. Quizás pensaba que yo había confundido la palabra coat con la palabra goat, que significa cabra.

Aquel tarde consideré probar comprarme una cabra. Ya me veía llegar allí en Espinoso con una bonita cabra blanca diciendo: ‘Here is your koat, but tell me, why do you want it?’ (Aquí tienes tu kabra, pero dime, ¿para qué la quieres?) Al final no lo hice. Aunque El Bierzo es una región rural, no sería tan fácil encontrar una cabra un sábado por la tarde. Además, quizás nadie entendería la broma. Y no estaba nada seguro si todos los miembros del grupo apreciarían la presencia del animal en la excursión desde Espinoso a Molinaseca, que efectivamente no necesitaba ninguna cabra blanca para ser muy especial y agradable.

Uno de los puentes de Malpaso
entre Espinoso de Compludo y Molinaseca

sábado, 9 de noviembre de 2013

¡Nacionalistas de todos los países, uníos!

Lo hemos visto tantas veces antes en la historia: una crisis económica hace crecer los sentimientos nacionalistas. En toda Europa los partidos populistas, antieuropeas y antinmigración crecen. También en la cada vez más pequeña Holanda se aprovechaban de mi ausencia para hacer del partido anteislámico y antieuropea en las encuestas el más grande. Hay una ventaja de estos movimientos ultranacionalistas: no pueden unirse fácilmente para formar un movimiento internacional o europea. En este sentido son como los hooligans de diferentes clubs de fútbol. Se parecen mucho, pero su odio mutuo es su razón de ser. Parece que Marine Le Pen ahora lo va a probar: unir a los partidos de la ultraderecha en Europa. Están de acuerdo en que el euro debe desaparecer y que los inmigrantes de afuera de Europa deben volver a sus países o en todo caso callarse. Pero después seguramente van a discutir entre ellos. Estos partidos viven de echar la culpa de todos los problemas a los otros, sea quien sea.

Hasta ahora en España no hay un partido populista ultranacionalista de importancia nacional. Quizás tiene que ver con el sistema electoral que favorece mucho a los grandes partidos. Para un partido como el PP necesitamos en Holanda al menos cinco partidos: liberales, partidos cristiano-demócratas y populistas. Últimamente el ala más derecha del PP de vez en cuando sale del armario con símbolos franquistas. Si conviene el gobierno utiliza la cuestión Gibraltar para generar sentimientos nacionalistas (y tal vez mascar algunos problemas internos). Pero además, todavía no hay ningún partido que siembra los sentimientos antieuropeas y antinmigración, que sin ninguna duda están presentes en España.

El ultranacionalismo en España vive sobre todo en los movimientos regionales que buscan la independencia. Los movimientos radicales vascos siempre se han hecho creer a si mismo que su ultranacionalismo es de la ‘izquierda’, solamente porque sus más feroces adversarios castellanos son de la ‘derecha’. En Catalunya quieren organizar un referéndum sobre su independencia. El argumento principal parece ser financiero. En España las autonomías discutan mucho sobre impuestos al estado central que deben bajar o subvenciones e inversiones que deben subir. Hasta la provincia de León participa en esta moda: en El Diario de León apareció una encuesta con la pregunta sugestiva: ‘¿Considera suficiente el dinero de los presupuestos del estado para la provincia?’ No era una gran sorpresa que la mayoría de los leoneses respondieron no.

La idea de separarse del estado central no solamente existe en España. La Liga Norte en Italia y El Bloque Flamenco en Bélgica tiene semejantes ideas. Y en cierto sentido todos los partidos populistas en Europa quieren separarse, aunque no sea de su estado central sino de la Unión Europea.

Existen muchos problemas urgentes sobre que debemos pensar, discutir y probar encontrar soluciones. ¿Cómo podemos salir de la crisis? ¿Podemos mantener nuestro estilo de vida en este mundo que cambia tan rápido? ¿De dónde sacamos la energía cuando el petróleo se va acabando? En vez de poner estos asuntos arriba de cualquier programa político parece que la causalidad de dónde hemos nacido va a ser un tema principal en las futuras elecciones. Y esto es una pérdida de tiempo porque que yo sepa el nacionalismo nunca resolvió ningún problema. Al contrario.



miércoles, 23 de octubre de 2013

No es sano

Últimamente he pasado bastante tiempo en hospitales, clínicas, salas de espera y consultas. No fue solamente por mi propia salud. Tanto en Holanda como en España personas queridas estaban ingresadas en el hospital con una variedad de enfermedades. Lo que creció todavía más es el gran respeto y admiración que tengo para la mayoría de las personas que trabajan en el sector de sanidad, sobre todo los enfermeros y las enfermeras. Bajo circunstancias duras con pacientes impacientes, salas de espera llenas de gente y otras consecuencias de los recortes, ellos saben mantener su paciencia, profesionalidad, humor y humanidad. ¡Chapeau!

Yo mismo tenía la primavera pasada un dolorcito en un sitio sospechoso que me preocupaba. Mi doctora de cabecera inmediatamente me siguió en mi preocupación y me envió a un especialista en el hospital público. La cita con este doctor ya se cumplió en unos días y él constató que a primera vista todo no era tan grave como temía. ‘Pero por si acaso vamos a hacer unas radiografías,’ me dijo. Me daba un papel con el cual tenía que bajar a una taquilla donde me daban una cita para junio. Estábamos todavía en marzo. Primero pensé que se trataba de un error, pero no. Me aseguraban que tanto tiempo de espera es normal. Me indicaban que en el papelito el doctor no había puesto una cruz detrás la palabra ‘urgente’ o ‘preferente’. Y tres meses más tarde el doctor, por suerte, resultaba tener razón.

Después un pariente de edad avanzaba empezaba a tener problemas con su salud. Sin entrar demasiado en los detalles físicos y personales, todos nosotros teníamos la impresión que necesitaba cuanto antes ver a un especialista. Su doctora de cabecera compartía esta impresión y hacía una cita con el especialista adecuado en el hospital público. Estuvimos todavía en agosto, creo, y la cita fue para finales de septiembre. Por el dolor y la angustia no queríamos esperar tanto tiempo y fuimos a la clínica privada. Allí atendieron a nuestro pariente inmediatamente. Evitar una lista de espera tiene su precio. La rara cosa era que el doctor en la clínica privada era el mismo doctor con cual nuestro pariente tenía una cita en el hospital público para un mes más tarde.

Parece ser bastante común que especialistas médicos trabajan por la mañana como funcionario en el hospital público y tienen por la tarde su propia empresa en la clínica. Me parece un sistema que puede provocar abusos por la obvia mezcla de intereses. También en este caso. El doctor prescribió medicinas muy caras que el seguro sanitario no cubría por no ser prescritos por un especialista cuando trabajaba en el hospital público. El doctor dijo que tendríamos que ir la próxima mañana al hospital para que él en su papel como funcionario pusiera un sello del hospital público en la receta. Porque en este mes todavía no tenía muchos alumnos le tocaba a mí ir al hospital en busca de este doctor que encontré haciendo su ronda en las salas de los pacientes ingresados. ‘Sígueme,’ me dijo y me guió por el laberinto del hospital. Llegamos a una sala de espera llenísima de gente. ‘Espéreme aquí,’ susurró y entró en la habitación donde un colega suyo estaba atendiendo a la gente. Volvió unos instantes más tarde y me señaló que le siguiera. En un rincón donde nadie nos pudo ver me dio las recetas con los sellos oficiales y se despidió.

Desgraciadamente no es el único caso en que la clínica privada utiliza el hospital público para ayudar sus clientes. Otra pariente que tenía una cita para una prueba en el hospital público fue a la clínica privada porque no podía esperar más de un mes para ir a una primera consulta con un especialista. El doctor allí la avisé venir unas semanas antes de la fecha de la cita al hospital dónde él le atendería con el equipamiento avanzado que tiene el hospital.
Cuando cuento a mis amigos y conocidos en España lo que me pasó en el hospital, muchos de ellos vienen con casos iguales o más severos.

Algo no es sano en la sanidad de España. No puede ser que personas con dolor y miedo de su vida están obligadas de entrar en una corrupción provocado por la mezcla del sector público con el sector privado. En mi opinión debe estar prohibido que doctores y especialistas puedan trabajar como funcionario en la mañana y como empresario médico en la tarde.